03 agosto 2020
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Y llegó la que faltaba

10 dic 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Se hizo esperar, pero llegó. Apoteósico, vamos, ni Eisenhower en su histórico viaje (grabado para la memoria en aquel efusivo abrazo de bienvenida al pie del avión que el Caudillo español le dio al presidente yanqui) fue recibido con tanto fervor multitudinario. Hasta ese momento el COP25 no adquirió pulso, como si la criatura recién llegada fuese el tónico que la Cumbre necesitaba para evitar ahogarse entre y por sus propios efluvios de fingimientos, falacias e incoherencias. Queda claro que la Cumbre del Clima no era nada sin Greta y que desde que la criatura tomó tierra en Chamartín comenzó a ser algo.

Llegó y se armó el belén en un momento, por cierto, bastante oportuno, después de completar un larguísimo, rocambolesco y no menos contaminante viaje por tierra. En el viaje por mar, por carecer de datos, no entro, pese a que nos bombardearon con fotos desde el catamarán, con Greta a bordo, hechas no durante la travesía sino antes, en puerto, eso lo afirmo porque en ellas se ven detalles que para el común pasan desapercibidos, no para mí, que por oficio sé lo que es un barco, lo que es el Atlántico Norte y navegar por él. En cuanto al terrestre, alguien eligió de entre todas las posibilidades la más larga y contaminante.

Fue noticia el mismo día de su llegada a Madrid la puesta en escena de la Marcha del Clima, a la que Greta no se unió hasta el final, en Nuevos Ministerios, horas después de que empezara en Atocha, para leer un comunicado junto a Javier Bardem (otro ser que no contamina) y en la que participaron quinientas mil personas (según los organizadores) quince mil (según la Policía), cifra que para el caso da igual, contaminando en masa, porque quinientas mil o quince mil personas marchando juntas contaminan mucho más que otras tantas haciéndolo por separado, cada una por su sitio, a su aire y a lo suyo.

Salta a la vista de Greta su gesto hierático, desconfiado e inseguro, reacciones que descubren una patología evidente, criatura vulnerable aunque le va la marcha. Títere, sí, pero no tanto. Le gusta lo que hace tras 68 semanas en huelga y gastos pagados, ¿quién se lo puede permitir? Creyéndose lo que no es porque se lo están haciendo creer quienes quizá sí se lo crean o les interese creérselo, moscardones que pululan a su alrededor y han descubierto en ella las razones de su existencia sin otra aspiración que la de vivir en las nubes. Pues por ahí se dejó llevar engañada y -seguro que no consciente- engañando entre multitudes entusiastas de gente joven y no joven que a su paso querían verla, tocarla, cerciorarse de su presencia, mientras marchaban poco menos que en estado de éxtasis.

Pues si este es el fenómeno mayor con el que justificar toda esta parafernalia ecologista reunida en Ifema en torno al asunto, poco cabe esperarse de ella. Si las Cumbres sin Greta poco han dado de sí, ésta no tiene porqué dar más que las otras. Mucha bulla, anécdotas, abundante circo, farándula a tope, no más, porque el clima es lo que es, la atmósfera otro tanto de lo mismo, la humanidad, qué quieren que les diga de la humanidad que no sepan o sospechen... y la naturaleza, que con su ordeno y mando será la que se encargue llegado el momento -ponga Greta el grito en el cielo o donde le digan que lo ponga- de poner las cosas en su sitio. Siempre fue así y no dejará desde ahora de serlo.

El frenazo y marcha atrás al calentamiento atmosférico, al deterioro ambiental y a sus muchas y variopintas consecuencias no se consigue vociferando en las calles, ni insultando ni discutiendo acerca del sexo de los ángeles sino investigando, duro trabajo, sacrificado, tenaz, anónimo, silencioso y silenciado de laboratorio. En la Cumbre se habla de políticos, de activistas, de indígenas emplumados, de expertos en salsa verde y eruditos de garrafón que pasaban por allí, vieron su oportunidad y se quedaron dispuestos a dar rienda suelta a su sabiduría, pero poco o nada de investigadores y de científicos que, por lo visto, apenas cuentan a la hora de valorar esfuerzos por encontrar explicaciones, salidas y soluciones que nos saquen de este camino emprendido que nos lleva de vuelta a las cavernas.