13 diciembre 2019
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Y el jueves, Franco

22 oct 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

MIENTRAS Cataluña arde y no hay quien la apague siguen resucitando a Franco, porque no fue al tercer día como tituló Vizcaíno Casas, sino ahora, cuando se afanan en resucitarlo al cuadragésimo cuarto año menos un mes y cuatro días de su muerte, a costa de la paz que los vivos anhelamos, los muertos (sin excepción) alcanzan y se les respeta, pero a éste se la han negado. Llevábamos aguantando la matraca del Valle de los Caídos, de quien estaba allí enterrado sin tener -dicen- por qué estarlo y de la crisis existencial que amenazaba con echarlo todo a perder si se mantenían sus despojos más tiempo del mucho que ya llevaba, metiéndonoslo por los ojos y por los oídos como si fuese el más grave y urgente problema que la democracia tenía planteado, cuya solución no podía esperar ni un minuto más. Pues este contratiempo, para tranquilidad de todos, el jueves estará resuelto. Los demócratas podrán respirar sin temor a que les falte el aire, porque el riesgo a la asfixia que les amenazaba terminará una vez quede zanjado el inconveniente.

El Gobierno garantiza que la exhumación de Franco y su traslado de Cuelgamuros a El Pardo se hará con “absoluto respeto”, según la vicepresidenta, Carmen Calvo, y con “sigilo”, según el ministro del Interior, Grande-Marlaska, porque no quieren “espectáculos”. No dudo que no los quieran por la cuenta que les pueda traer, pero el que han montado durante su larga pre exhumación es de novela negra, macabro, miserable, asqueroso y vomitivo. No estaba el horno para más bollos, lo que obligó el cierre a cal y canto no solo de la Basílica, a la que no pueden entrar ni los monjes, también de todo el recinto del Valle de los Caídos.

El Gobierno cuenta con los avales para sacarlo de allí y llevárselo a otra parte de todos los poderes políticos del Estado: del Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial. Sí, es cierto, también del Vaticano, que se ha plegado a la ignominia de este Gobierno que va a lo suyo, ¿por prudencia tal vez, mal aconsejado quizá o más bien por miedo? olvidando lo mucho que la Iglesia española le debe al muerto que están resucitando y habla por boca de otros. Cuenta con el aval de todos ellos, es cierto, pero de nada más, porque no les ampara ni la decencia ni la moral, Gobierno al que con Franco presente le queda o cree que le queda la posibilidad de desviar atenciones, ocultar problemas (siendo el de Cataluña uno de ellos) y poder rascar algún voto indeciso cara al 10-N, tan cerca ya que no hay tiempo que perder.

Durante este prolongado y esperpéntico show previo a la exhumación se han dicho tantas estupideces que convendría recordar algunas. Una de ellas aquí va: La vicesecretaria general del PSOE y portavoz de su grupo en el Congreso, Adriana Lastra, dijo a no sé quién de no sé qué partido (ni me importa saberlo) que se había manifestado contrario a la exhumación de Franco, que le hacía falta alguna clase de democracia, entendiéndose que por este motivo, o sea, como si con Franco en el Valle no hubiese democracia posible.

Visto lo cual se me ocurren dos preguntas. La primera: ¿Quién piensa darle esa lección que le falta, aquí, en un país donde el más tonto hace aviones? Porque por falta de tontos no será, tantos hay que no cabe uno más y a cual más tonto por lo que la elección se complica. Entonces, ¿quién piensa dársela, ella? Visto el nivel que hay, podría valer. La segunda: Que explique qué han sido entonces estos cuarenta y un años transcurridos desde el referéndum constitucional (con Franco enterrado en el Valle), ¿un largo sueño de las mil y una noches, con alguna que otra pesadilla, del que va siendo ya hora de que despertemos? Porque de lo dicho por la señora Lastra se deduce que han sido cualquier cosa menos una democracia.

Que debería o no haber sido enterrado ahí, ¿a quién importa cuarenta y cuatro años después? ¿Qué puede justificar ahora su exhumación de forma urgentísima y atropellada? Nada que no sea una bajeza, como lo es buscar con ello rédito electoral. Abrir tumbas con fines no justificados, y éste no lo está, es profanar. Pues sólo por eso, por no profanar, qué mejor hubiese sido que dejarlo donde está, que es donde ha estado siempre. Aún tienen tiempo.