29 octubre 2020
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Vespasiano

    En la Antigua Roma, la orina recogida en las letrinas públicas era aprovechada por los curtidores para adobar los cueros y por los lavanderos para blanquear las togas de lana, por su alto contenido en amoniaco. En aquellas letrinas se sumergió ese insaciable afán recaudatorio estatal, que hoy seguimos padeciendo, y el emperador Vespasiano impuso una tasa a la orina que era recogida en la Cloaca Máxima. Suetonio anota en sus escritos ese momento del primer siglo en el que Tito, hijo de Vespasiano, reprochó a su padre la carga añadida sobre los sufridos artesanos sirviéndose de una referencia al sucio origen del impuesto. Vespasiano cogió entonces una moneda de oro y la puso delante de las ñatas flavias de su vástago, prominentes por herencia genética, mientras le preguntaba si le molestaba el olor. “Pecunia non olet” es la expresión latina con la que fosilizó esa cínica indiferencia hacia la procedencia del dinero que garantiza la supervivencia, que afecta por igual a ricos y a pobres pero que se agudiza en los casos en los que necesidad apremia. Ese mismo gesto, tan teatral y de estilo imperio, acaba de hacerlo el presidente Sánchez, ante las narices de un gremio que siente como un molesto hijo bastardo al que no termina de reconocer su legitimidad, el de los editores de prensa.

    En el discurso inaugural del XV Congreso de Editores de la Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas (AEEPP), les ha abierto simbólicamente la puerta del Fondo de Reconstrucción europeo, 140.000 millones que no comenzarán a llegar a España hasta dentro de más de un año, que tienen muchas novias y que serán vehiculados por el macrobanco surgido de la fusión de CaixaBank y Bankia, una operación en la que se ha dejado ir por la actual Cloaca Máxima el patrimonio público del rescate bancario y en el que lo que se ha negociado, fundamentalmente, han sido los cargos. Sánchez ha animado a los editores a presentar planes de reconversión digital entre los que su administración elegirá, para ser financiados con dinero europeo. En mi opinión, “Olet”. Y mucho. Me pregunto cuántos serán los heroicos editores que sigan permitiéndose informaciones incómodas, opiniones críticas, si su supervivencia depende de una ayuda estatal a discreción del Gobierno.

    Todos lo estamos pasando mal. No hay sector que se libre de la ruina desatada por la parálisis del confinamiento y a muchos de ellos el coronavirus los ha alcanzado sin haberse recuperado todavía de la anterior crisis, con balances endeudados, plantillas diezmadas o incluso raquíticas y sin un claro modelo de negocio, por el disruptivo efecto de la digitalización. Los periódicos son un ejemplo paradigmático de este extenuante día a día y el Gobierno acaba de tentarlos con las treinta monedas con las que amenaza con pagar la crucifixión de la libertad de prensa. La censura que no logró imponer el semestre pasado, podría comprarla ahora, a precio de saldo y a la salud de la Comisión Europea. La posibilidad de quedar fuera de las ayudas amilanará a más de un editor, ante la alternativa de más despidos y perspectivas de cierre. No hace tantos años que disfrutábamos en Salamanca de tres periódicos de papel, de los que la evolución darwinista ha dejado solamente este digno superviviente. Y lo que pide a cambio el presidente no puede estar más claro. “Necesitamos que todos los sectores estratégicos de nuestra economía, y el vuestro yo diría que es uno de los más importantes, se alíen al proyecto de país que estamos emprendiendo”, dijo el presidente en su discurso, “España necesita unidad y vosotros y vosotras como periodistas podéis contribuir a ensamblar al conjunto de la sociedad española... estoy convencido de que este Congreso servirá para allanar con éxito ese cambio de futuro”.

    Pero esa “unidad” huele más que la orina, huele a uniformidad y a complicidad. También reclamó unidad Vespasiano ante la disidencia de Helvidio Prisco en los edictos pretorianos, al que exilió junto a los filósofos de la calle, los cínicos radicales y los astrólogos. “¡O me suceden mis hijos o no habrá nadie!”, gritó el emperador al senado (Dión Casio LVI, XII). Eso colaba en el siglo I, pero la misión de la prensa actual no es aportar unidad, sino pluralismo. Exactamente lo contrario de lo que pide el presidente, que retuerce el mandato democrático. La encomienda constitucional de los periódicos es más bien olfatear constantemente, siguiendo la pista que va dejando el dinero público, rastrear el origen, el destino y sus consecuencias últimas, que cada emperador desea usar para su propia glorificación pero que en una democracia está obligado a servir al bienestar de todos. También cuenta Suetonio que Vespasiano exclamó en sus últimos días, los de la gran decadencia de los Flavios, “¡Ay! Creo que voy a convertirme en dios!” (Suet. Vesp. XXIII,4).

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