27 septiembre 2020
  • Hola

Verano Corona

05 ago 2020 / 03:00 H.

    Ni siquiera habrá foto de familia. No podemos juntarnos todos un poco más para entrar en el objetivo de la cámara y con la mascarilla puesta carece de sentido decir todos a la vez: pa-ta-ta. Mejor no hacer muchas fotos en este verano Corona, de funerales atrasados, vacaciones en la terraza de abajo y aroma de gel desinfectante. Cuando deseemos recordarlo, dentro de muchos años, habremos de recurrir a la hemeroteca. Y aparecerá esa escalofriante doble página, haciendo recuento de las mil pensiones que ya no habrá que pagar, como convirtiendo la pertinente petición de responsabilidades en una anotación contable de virtuoso ahorro. Si acaso, quedará la imagen de los debates fariseos sobre el ocio nocturno y alguna instantánea de chivos expiatorios de los rebrotes. Temporeros, botellones, inmigrantes. Casi cualquiera, con tal de no fotografiar la falta de test masivos y camas UCI con respirador. Y al fondo, confundiéndose con el paisaje desértico y la fosa de las Marianas del PIB, un rey que marcha a morir en el exilio, arrastrando torpemente la maleta de la Historia, sin apenas sentir a su paso el temblor que amenaza la clave de bóveda de un sistema institucional por apuntalar y sellando tanto su destino como el del país en el que ayudó a dar a luz una vital y juiciosa democracia.

    He pasado una tarde con mi hijo montando una máquina fotográfica pieza a pieza, una sencilla caja negra y un simple sistema de lentes y rebobinado de los anteriores a la era digital. Nos ha costado encontrar un carrete, de esos que hay que revelar después y los que mi hijo no termina de encontrar sentido. Y después hemos llegado a la pregunta definitiva: qué fotografiar para probar la cámara. Cuando los 500 millones de usuarios de Instagram comparten 95 millones de imágenes cada día, seleccionar una sola estampa para fijarla y conservarla en el tiempo requiere desbrozar hasta la extenuación. No desvelaré la elección de mi hijo, que me ha conmovido por su profundidad y serena admiración por la vida. Pero sí la mía, mucho más predecible y nostálgica. El Tormes pasando bajo el Puente Romano, que se me antoja el río de Heráclito en el que no podemos entrar dos veces, la paradoja de la realidad sometida a la dimensión del tiempo, en la que constato que este verano que hora vivimos no será ya el mismo cuando lo recordemos. Dios quiera que para mejor.