21 septiembre 2019
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Ver para vivir

11 sep 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

La conocida expresión “vivir para ver” tiene interpretaciones cargadas de negatividad y de rechazo por causas de un trance no deseado, ante algo que de forma inesperada puede encontrarse cualquiera sobre la marcha sin quererlo ni buscarlo, expresión con la que se da a entender la decepción sufrida por el chasco que supone coincidir con algo indeseable, como toparse con lo último que le hubiese apetecido ver en la vida. Así lo interpreto yo. Y me pregunto si este dicho tiene su inverso que exprese lo contrario, es decir, la ilusión que supone descubrir algo positivo, y el inverso de “vivir para ver” es “ver para vivir”. Lo tenga o no, aquí está, lo hago mío y me valgo de él para continuar escribiendo.

Estamos justo en mitad de las ferias, llenas —como todas— de motivos para el recuerdo, para la nostalgia y para la comparación, ferias que ni son mejores ni peores, ni más bonitas ni más feas, ni más entretenidas ni más aburridas que las de antaño, sino diferentes por lo que hubo y ya no hay, por lo que todavía se conserva en todo o en parte, por lo mucho y nuevo que se mueve por ellas, porque las ferias son como la vida misma, dinámica, que cambia conforme avanzan los tiempos y se pone al día. Las ferias son lo que el programa contiene y más, es decir, más todo aquello que el propio acontecimiento va generando y suma a lo programado, entre lo que no aparece algo que vale la pena ver y que, si pueden, no se lo pierdan porque si saben verlo y sacar provecho de lo que allí hay aprenderán mucho.

Me refiero a una mirada al pasado que bajo el título Anthropografías (Memoria gráfica de la provincia de Salamanca) se muestra en La Salina, exposición montada por el Instituto de las Identidades de la mano diligente, selectiva y acertada de su director, Juan Francisco Blanco, que ha reunido una selección de viejas fotos, más que llenas de vida, con alma y un no sé qué añadido en muchas de ellas que estremece tanto más cuanto mayor y más claro reflejo son de algo propio, de algo que se va detectando entre lo que cada una de ellas contiene (retratos, escenas campesinas, momentos de una vida impregnada por una fuerte esencia rural) y que el tiempo dejó atrás visto desde los quehaceres cotidianos, en sus maneras de estar y de hacer, de oficiar..., en definitiva, de vivir al ser parte más o menos lejana de un pasado que muchos por razones de edad recordarán, porque lo vivieron, y otros, también por razones de edad, no vivieron y lo irán descubriendo al tiempo que la curiosidad les atraiga, lo fije y las contemple paso a paso, detalle a detalle.

Son fotos que cantan a naftalina de ajuar de la abuela, muchas de ellas maltrechas, salvadas de la desaparición y guardadas con el cuidado con que se custodia una valiosa herencia. Hay que verlas sin prisas, despacio, para unos puede ser un ejercicio de memoria, cargado o no de nostalgia, que dependerá de cómo les fue en ello y de qué manera les influyó en el futuro, para otros un sorprendente hallazgo que bien mirado puede ser una espléndida lección de vida dada a golpes de pequeños detalles, como el de un simple gesto, una pose, una indumentaria, un aderezo o un decorado a los gustos de entonces, el de un apero, el de un lugar apenas reconocible..., lección que bien aprendida les ayudará a conocerse mejor, también a vivir, de aquí el dicho inverso que titula lo escrito: Ver para vivir.

Buena excusa para venir de la provincia a la ciudad atraídos por las ferias, tan válida como venir de pinchos y cañas a las casetas, ir a los conciertos, al teatro, a los cacharros de La Aldehuela, al circo o a los toros, y por qué no venir para ver Anthropografías aprovechando la rara oportunidad que le ofrece al visitante de poderse contemplar en ellas como quien se mira a un espejo para verse, porque estas fotos son eso, espejos caleidoscópicos que reflejan de mil formas distintas el alma del pueblo, siendo lo único que hoy perdura de un pasado que bien visto enseña a vivir.