13 abril 2021
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Una rosa es una rosa

01 mar 2021 / 03:00 H.

    Señalaba Abraham Lincoln que casi todas las personas pueden soportar la adversidad, pero si quieres conocer el verdadero carácter de alguien, dale poder. Descargando esta advertencia de peso retórico en correspondencia con la austeridad que aporta el castellano, la cosa quedaría así: “Si quieres conocer a Pepillo, dale un carguillo”.

    Los lectores más atentos habrán observado que el ‘Pepillo’ de esta frase se cambia a menudo por otros hipocorísticos (Juanillo, Luisillo, etc.). Eso, mientras se mantenga la rima Pepillo-carguillo, carece de importancia, desde luego. Más temerario por mi parte ha sido atribuir al castellano la templanza estilística del dicho. En primer lugar, porque la persona a quien yo oí por primera vez lo de Pepillo y el carguillo fue mi maestro, don Eugenio de Bustos Tovar, que se había criado en Almería. En segundo lugar, porque afirmar del castellano que es austero (o que deja de serlo) es una tontería. Austeros serán en todo caso, y no siempre, algunos de sus hablantes en algunas situaciones especiales. Eso sí, calificar de ‘austero’ a un pueblo tiene efectos sorprendentes.

    Hubert H. Humphrey fue vicepresidente de Estados Unidos en la década de los 60 del siglo pasado, y en l968 aspiró sin éxito a la presidencia de su país. Ganó Nixon. Pero Humphrey sabía reconocer el poder de las palabras, que el gran Shakespeare había desdeñado. Es famosa la reflexión del Bardo de Avon acerca del nombre ‘rosa’: “Lo que llamamos ‘rosa’ tendría un olor tan dulce aunque utilizáramos cualquier otro nombre” (Romeo y Julieta).

    Se equivocaba Shakespeare (y él lo sabía): en la vida real, como precisaba Humphrey, no solo despide su aroma la rosa; también lo hace, de una forma sutil, la propia palabra. “La dulzura de la rosa depende del nombre que la denota. Las cosas no son solamente lo que son. En muchos sentidos, también son como parecen ser”. Es decir, son como se nos presentan. Esto lo saben bien los expertos en publicidad, los abogados, los literatos, los cómicos, los columnistas. Incluso los políticos más mediocres. Javier Cercas avisa de que en muchos casos la conquista del poder resulta ser ante todo la conquista del lenguaje, algo que, para su desconsuelo, no siempre captan sus oponentes: “Si se conquista el lenguaje, se conquista la realidad, y el independentismo catalán lo ha logrado. Las palabras más bonitas las han hecho suyas: independencia, democracia, libertad”. Nosotros no deberíamos parecer tan austeros. Que una rosa es una rosa.

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