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Un puente contra el olvido

Lunes, 17 de octubre 2022, 05:00

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Es la vertiente más profunda y arrebatadora de las Arribes del Duero. El cañón que dibuja el río alcanza una profundidad de más de 300 metros en los términos de Aldeadávila de la Ribera y Masueco. Paredes rocosas infranqueables que abrigan al domesticado Duero en su lento viaje hacia el Atlántico. Un paisaje que no tiene nada que envidiar a ningún otro del Viejo Continente. Sin embargo, la losa del olvido continúa pesando demasiado para que esta tierra ocupe el destacado papel que merece. Es suficiente con asomarse a uno de los múltiples miradores que hay a los dos lados de la frontera o realizar el paseo en barco que parte desde la playa del Rostro para apreciar la magnitud de esta obra de arte natural. Una joya compartida entre España y Portugal. Porque al otro lado se encuentra Mogadouro con atalayas formidables como la de Miguel Bravo en la freguesia de Ventozelo. Precisamente entre esta localidad y Masueco se tendría que haber construido un puente internacional a principios de este siglo. Fue una de las promesas de aquel timo de la estampita llamado Plan del Oeste. Una infraestructura que abanderó el personaje más nocivo que ha dado la política salmantina en los últimos años, Jesús Caldera. Aquel sueño que promovió la plataforma ‘Puente’ y que incluso contó con un proyecto redactado por Germán Vicente y Alberto Marino, quedó enterrado por la incompetencia, desidia y desprecio del ministro bejarano y Zapatero. Cuando Mariano llegó al Gobierno, con la excusa de la crisis no había lugar para este tipo de obras y ya pocos arribereños confían en que el proyecto se vuelva a desempolvar.

Hace unos días, UPL resucitó el puente de Masueco en las Cortes, pero PP y Vox se negaron a exigir al Gobierno central su construcción. Un minúsculo brote verde que se aplastó con un zapatillazo. Sin embargo, no estamos ante un capricho ni ante una infraestructura faraónica que apenas tendría uso. Hay que recordar que en los 45 kilómetros que hay entre el salto de Saucelle y el de Bemposta no hay ni un solo paso fronterizo que salve el abrupto paisaje de las Arribes. Ni uno. Hablamos además de una vertiente con un potencial turístico infinito. No solo es la más profunda y espectacular del cañón. También es la que más miradores tiene a ambos lados de la frontera. Atalayas que si estuvieran en cualquiera otro lugar de España congregarían a cientos de visitantes a diario en busca de la mejor pose para Instagram. Se pueden realizar paseos en barco, practicar el piragüismo, bañase en la fantástica playa del Rostro. Visitar queserías en Pereña, las bodegas de la DO Arribes y contemplar cascadas como los pozos de los Humos y Airón. En Mogadouro existen restos de magníficos castros, se come la mejor ‘posta de vitela’ de toda Portugal y, al igual que en Salamanca, hay rutas de senderismo que encandilarían a cualquier amante de las caminatas por la naturaleza. Cualquier otro país de Europa que tuviera estos ingredientes sobre la mesa, realizaría un pastel de lo más dulce y mundialmente conocido. Aquí, lo despreciamos a pesar de padecer un dramático problema de despoblación.

Es triste porque, en este tipo de iniciativas, Portugal suele recoger el guante de España e incluso llevar la iniciativa. Escribía en estas páginas mi amigo y compañero Ángel Benito que el país luso se preocupa de mimar más a Salamanca que nuestro propio Gobierno central. Lo aseguraba en relación a la decisión de Sánchez y sus secuaces de priorizar a Badajoz en la conexión entre Madrid y Lisboa por tren. Me sumo a su opinión de que nos iría mejor con nuestros vecinos y hermanos a tenor del monumental desprecio que sufrimos de nuestros compatriotas.

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