06 agosto 2020
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Un poco de humanidad

04 may 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

El virus lo ha cambiado todo. Hasta la forma de ver y entender al prójimo. Lo hemos reducido todo a la dicotomía entre héroes y villanos. Buenos y malos. Majetes y no tanto. Los sanitarios han sido los mejor parados con total merecimiento. ¿Hasta cuándo? Como nuestra memoria es frágil (solo hay que ver el cachondeo que se traían algunos durante los paseos de este fin de semana) puede que dentro de uno, dos o tres años nos lo recuerden. Cuando exijan medios y recursos para la sanidad pública y digamos eso de “ya están los médicos protestando otra vez, con lo que cobran”. La pandemia ha dejado a muchos sin argumentos para seguir llenándose la boca con falsedades. A los veganos radicales, a los anticaza, a los antivacunas y también a los ideólogos de ese mantra de que la sanidad pública no es sostenible. Ni falta que hace. Mientras en Estados Unidos prefieren morirse a pagar la factura de su paso por el hospital, en España el sistema ha respondido son solvencia y en tiempo récord. Solo hay que ver cómo se obró el milagro en el Hospital de Salamanca de pasar de 28 a 93 puestos de UCI casi de un día para otro. Eso es servicio público y lo demás son tonterías.

Hoy aplaudimos a los policías y a los militares por su denodada labor, pero dentro de unos meses los antisistema vendrán a tocarles las pelotas y los ‘progres’ de siempre, a pedir recortes en el presupuesto en Defensa. Ayer no podíamos vivir sin bares, y hoy parece que nos importa un carajo lo que les pase a los hosteleros, abandonados a su suerte. Algunos ciudadanos han comprado el vil argumento de uno de los especímenes más deplorables del Gobierno, Teresa Ribera. “Quien no se sienta cómodo que no abra”, dijo quedándose más ancha que larga. Abyecta.

Nuestro vecino agradable, hoy es el gilipollas que se salta los horarios y la distancia de seguridad. Y así con un sinfín de ejemplos. Es el carácter de los españoles. Mediterráneos, viscerales. Los tonos intermedios no van con nosotros. Preferimos el blanco o el negro.

Ese amor y odio también se profesan a nuestra clase política. Decía la pasada semana que los populistas aprovechan las crisis para intoxicar y aplicar sus ideas que solo traen miseria. Pero estos trances también hacen brillar a los competentes. Pensábamos que en la escena política no quedaba nadie con talento, pero afortunadamente alguno hay. El alcalde de Madrid José Luis Martínez-Almeida es quizás la figura de mayor relumbrón. Hace unos años, cuando tan solo era el desconocido portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid tras la dimisión de Esperanza Aguirre, tuve la oportunidad de entrevistarlo para LA GACETA. Ya por entonces vi una persona cercana, tremendamente culta y preparada y con una buena ración de sensatez. Todo eso lo ha demostrado cuando hay que hacerlo. En un momento crítico. Se ha llevado el aplauso de izquierdas y derechas y muchos han pedido con ironía que también asuma la presidencia de Madrid y mande a Díaz Ayuso para casa. La presidenta se podía llevar de paso a Pablo Casado, totalmente eclipsado por Almeida. El líder del PP ha sido un cero a la izquierda y no será por los motivos que le ha dado la nefasta gestión de Sánchez.

De un Gobierno donde un filósofo rige la sanidad con más miedo que vergüenza a otro donde dos médicos han aportado sensatez y sentido común. Verónica Casado y Francisco Igea, y por ende el gabinete de Mañueco, sale reforzado de la crisis. Siempre pedimos que la sanidad esté en manos de los que saben de esto. Médicos y gestores a la vez. No es mucho exigir. Siempre se pueden hacer las cosas mejor, pero en un caso así los ciudadanos nos conformamos con que haya buena fe, responsabilidad y algunas raciones de empatía. Que los políticos se acerquen al pueblo aunque ahora no sea de forma física. Las lágrimas de Verónica Casado emocionaron a muchos, como también las de Margarita Robles. La ministra de Defensa ha sido la única luz del Gobierno. ¿Por qué? Porque no es una activista. Es una persona con cuarenta años de servicio público impecable que ha demostrado humanidad. No pedimos mucho más.