19 mayo 2022
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Un peligro público

15 nov 2021 / 03:00 H.

    España es uno de los países que más personas tienen la pauta completa de la vacuna contra la covid (vino bien para insuflar confianza que algunos políticos se colaran al principio, lo que indicaba que muy malo no sería). Es lo único que explica que estemos amortiguando la curva de la sexta ola que está arrastrando a otros países de nuestro entorno como Alemania, Francia y Reino Unido. Si estamos haciendo una vida relativamente normal y el contacto físico ha regresado, no hay que ser muy avispado para concluir que la protección que dan los diferentes sueros es el único garante de esa cierta estabilidad y de que los hospitales no se hayan vuelto a llenar de pacientes. Es más, la tercera dosis que ya han recibido nuestros mayores en las residencias está evitando más brotes y muertes.

    Las vacunas funcionan (unas más que otras) y son seguras (solo se han detectado los efectos secundarios propios de cualquier fármaco). Las vacunas nos han permitido volver a recuperar los besos y abrazos y, sobre todo, reactivar una economía maltrecha. Imagínense si en plena subida de los precios y escasez de los suministros la actividad siguiera a medio gas. La crisis que se nos avecina es muy grave, pero sería catastrófica si hubiera que aplicar restricciones y cierres. Las vacunas han funcionado, entre otras cosas, porque se hizo un esfuerzo humano y económico insólito en la historia de la humanidad. Fue a contrarreloj, sí. Pero con el respaldo que no ha tenido ni tendrá ningún otro fármaco.

    Digo esto porque no entiendo que a estas alturas haya personas que sigan empecinadas en no vacunarse. Me pareció muy egoísta que algunos esperaran a hacerlo en septiembre u octubre “para ver qué efectos tenían en el resto”, como he escuchado en más de una ocasión. Pero si al menos recibieron el pinchazo, bienvenido sea. Pero los que a día de hoy dudan de su eficacia o se basan en argumentos falaces y absurdos para no realizar este acto de generosidad, son unos viles facciosos egoístas.

    Entiendo que se trata de una decisión personal que forma parte de la libertad individual. Pero tan libre es el acto de no vacunarse, como que el resto pongamos los mecanismos para que no perjudiquen nuestra la libertad y, sobre todo, nuestra salud y economía. Por eso es urgente establecer restricciones exclusivas para estos díscolos que, como dijo Francisco Igea la semana pasada, han decidido “estar en la zona de riesgo”. No podemos volver a pagar justos por pecadores y las medidas que se aprueben en un futuro deben ser por y para ellos. No poder acceder a un transporte público, impedir la entrada en su centro de trabajo y ni tan siquiera tener la posibilidad de ingresar en un bar o restaurante. Si son tan valientes para no vacunarse, también lo son para llevar una vida de ermitaños.

    Es curioso porque todos los antivacunas que me he encontrado no son ni virólogos, ni vacunólogos, ni microbiólogos, ni eminencias en ningún área científica. Son personas normales como yo. Auténticos profanos en estos ámbitos y que no tienen ni un puñetero argumento de peso para justificar su decisión. Es un acto de ignorancia tan supino similar a si mañana se presentan en el Instituto de Neurociencias o en el propio Hospital y le dicen a un investigador o a un médico que esa pipeta no hay que mezclarla con esa otra o ese bisturí no puede abrir por ese lado.

    Son los mismos que a diario comen alimentos ultraprocesados de los que no se molestan en leer su procedencia o elaboración y que están haciendo más daño a su organismo que cualquier vacuna. Algunos de ellos incluso fuman, lo que me parece el colmo de los colmos. Y otros serán aficionados a cruzar el paso de peatones con el semáforo en rojo. Su argumentario pueril es una farsa, son un peligro público y su libertad no debe pisotear a la nuestra.

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