24 agosto 2019
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Un casino de pueblo

14 ago 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Qué pueblo de aquella España todavía sin vaciar no tenía un casino, cuando no dos, uno para los señoritos, otro para los obreros. Su existencia (entonces) era un instrumento de vanidad, ostentación y apariencia. Apenas ninguno los sigue aun teniendo. Los años fueron pasando, muchos de estos pueblos, si no todos, se fueron vaciando y quedaron de ellos poco más que el recuerdo de un pasado mejor, pueblos que vistos hoy llenan de nostalgia a quienes los vivieron y de curiosidad a quienes pasan por allí atraídos por lo que aún queda y paran a olisquear la esencia genuina que caracteriza lo rural en todos sus ámbitos, antípoda de lo urbano y causa de un creciente tirón turístico.

La vida comenzó a no ser como era, todo fue cambiando conforme pasaba el tiempo, y quienes quedaron en los pueblos tuvieron que adaptarse a nuevas formas, renunciar a un montón de cosas, afrontar necesidades distintas, no poco de lo que tenían dejó de serles útil y muchos hábitos se abandonaron y no menos costumbres acabaron desapareciendo.

Pero de todo aquello algo quedó impregnado en los viejos muros de sus casas, que es lo que hoy llama a quienes se refugian en ellos huyendo del mundanal ruido.

Una de estas cosas que en muchísimos pueblos desapareció fue el casino al perder su razón de existir, lo que ocasionó su cierre definitivo. Quienes conocieron el mundillo que generaban estos lugares de ocio y de cultura, de relación social, de influencia en la vida del pueblo entenderán de qué va lo siguiente: La España de hace un siglo, década más, década menos, funcionaba como un gran casino de pueblo. Tengo en mis manos un librito de Eugenio Noel titulado “España nervio a nervio”, escrito en 1924, en el que repasa todo el sistema nervioso patrio y lo hace sin prisas, muy pormenorizadamente, nervio a nervio. Se trata de un análisis de aquella España de entonces que podría perfectamente traerse a esta España de ahora, porque aun cuando estéticamente haya mejorado muchísimo y no sea ni la sombra de lo que fue, en el fondo sigue siendo la de siempre, con sus mismos vicios y sus mismas virtudes.

Pues uno de los nervios de aquella España en el que Noel mete hasta el fondo la pluma es un casino de pueblo y lo comprime en este diálogo:

-Se pudre, amigo.

-Yo les edifico uno nuevo si los socios me conceden el juego durante tantos años.

-Es que el reglamento orgánico prohíbe el juego terminantemente.

-Se reforma el reglamento.

-Es que a muchos socios ni les agrada ni les conviene el juego.

-Se les expulsa.

Y continúa Noel que el reglamento se reformó, se expulsó a los socios incómodos y se expuso en el salón un proyecto del nuevo casino en el que el arquitecto detallaba todo de todo menos de algo, de un sitio para la biblioteca, preterición que, en honor a la verdad --añade Noel--, ningún socio echó de ver. Aquel nuevo casino comenzó a edificarse mientras el viejo seguía funcionando a su aire, como a cada socio salvado de la quema inquisitorial le daba la gana, pues como dueños y señores que eran obraban en consecuencia desde una atmósfera caciquil, de órdagos y arrastres, de dimes, diretes y pobreza de espíritu en gente rauda a no aceptar ideas que no salieran de la propia caterva.

Tan en consecuencia obraban como quienes en sus manos está, como dueños y señores que son de la coyuntura política actual, cambiar a España a su medida y antojo, tal como los del pueblo su casino.

Imagínense, pues, la España que nos espera si consiguen sacar adelante el proyecto que tienen metido entre ceja y ceja que con tanto teatro se esfuerzan por alcanzar sin reparar en gastos, siempre que corran por cuenta de otros, a la vez que corre el tiempo pudriéndolo todo, como el casino viejo del pueblo.