17 julio 2019
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Un antes y un después

24 jun 2019 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Lo sucedido con el caso de La Manada durante los dos últimos años es digno de un estudio multidisciplinar. Es carne de tesis doctoral. Deberían participar juristas, sociólogos, psicólogos, periodistas... Y sería complicado llegar a una conclusión clara. La duda, y a la vez el miedo que genera, es hasta qué punto la presión social (y sobre todo política) ha influido, de una forma o de otra, en la Justicia. Y recalco muy bien lo de ‘una forma o de otra’. Aunque el movimiento masivo y más ruidoso es el que se ha solidarizado con la víctima exigiendo que a estos cinco salvajes se les condenara por violación. También se ha producido otro, políticamente incorrecto y sin tanto calado en los medios. Es el mismo movimiento que, por ejemplo, ha aupado a Vox. El que habla de ideología de género y considera que quien está desprotegido en esta sociedad es el hombre, no la mujer. Quién sabe si la Audiencia Provincia de Navarra se rebeló contra el grito mayoritario. O si el magistrado Ricardo González, aquel que vio “jolgorio” la madrugada del 7 de julio de 2016, soltó un “¡que se jodan las feministas!”. Sin embargo, no sabemos si el Tribunal Supremo ahora ha adoptado la postura contraria. La de sucumbir al sentir mayoritario, representado incluso por el propio Gobierno. Será difícil, por no decir imposible, despejar estas dudas. Pero el asunto inquieta y mucho.

Sin ser un experto en leyes y tirando del sentido común, si me preguntaran qué pasó en aquel sórdido portal, respondería sin ningún género de dudas que lo ocurrido en Pamplona hace ahora dos años fue una violación de manual. Los cinco sevillanos sabían perfectamente a lo que salían esa noche y lo que hacían en todo momento. Se aprovecharon del estado de embriaguez de una chica para tratarla como un auténtico trapo. Por lo tanto hubo violencia. Le tendieron una trampa. Se la ligó uno y el resto apareció de golpe. Y sabedores de su conducta criminal, le robaron el móvil para que no pudiera pedir ayuda y así ganar tiempo. Todo estaba premeditado, estudiado. No fue casual. Además hay varios aspectos que lograron encender la llama. Uno es la presencia de un guardia civil. El encargado de haber protegido a la víctima se pone del lado de los verdugos. Otro, el historia del grupo. Los medios de comunicación (uno digital en concreto) nos contaron absolutamente todo. Hasta el color de los calzoncillos que usaban. Su pasado provocó asco en la sociedad. Una panda de chulos que se creía por encima del bien y del mal con un concepto de la mujer similar al de una cosa. Su comportamiento es un reflejo de una sociedad enferma que ve el sexo como una película porno.

Todos y cada uno de los españoles llegamos al juicio de La Manada con una opinión formada. Con nuestra sentencia en la cabeza. Por eso, cuando el 26 de abril de 2018 se dio lectura al fallo, la indignación estalló. El sentir popular es irrefrenable y comprensible. El problema fue que los políticos se pusieran también detrás de la pancarta. Era un caramelo electoral demasiado goloso, pero se pasaron por el arco del triunfo la esencia de la democracia: la separación de poderes. Creo que ese ha sido el episodio más grave. Que el entonces ministro de Justicia, Rafael Catalá, soltara aquello de que “todos sabemos que este juez tiene algún problema singular”. O que el entonces líder de la oposición, Pedro Sánchez, dijera aquello de “¿qué entendemos entonces por violación?”. Ese fue el límite que jamás se debió traspasar aunque la tentación fuera mayúscula. Porque ahora han ganado, por así decirlo, “los buenos”. ¿Pero si esta actitud provoca a corto plazo el efecto contrario?.

Hay dos lecciones que debemos sacar de este proceso. La primera puede que se haya logrado. Que una parte de la juventud se conciencie de un problema que no era exclusivo de La Manada. Por desgracia ha habido más casos similar sin tanto eco y eso demuestra que hay sujetos que pensaban que comportamientos así eran poco menos que normales. Y segundo, que una Justicia cuestionada hasta tal punto se debilita y se vuelve en nuestra contra.