21 mayo 2019
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Último combate

23 abr 2019 / 03:00 H.
Juan Mari Montes
Cuaderno de dudas

Con las magulladuras y heridas de ayer todavía en carne viva, los cuatro púgiles ocupaban ya las respectivas esquinas del cuadrilátero dispuestos a darlo todo en un último intento por robar algún voto útil para la causa, creyendo que aún quedaba algún indeciso. A la derecha de sus pantallas, Casado con ese pantalón rojigualda que sólo podría haberle robado el representante de Vox descalificado por la Junta Electoral, y un ojo morado a resultas del directo de Sánchez cuando le recordó que a su partido no lo habían expulsado del Gobierno los independentistas sino la profunda corrupción que caracterizaba a los suyos, hacía flexiones intentando demostrarle al resto de candidatos, su extraordinaria entereza.

En el rincón opuesto, Sánchez bebía agua y respiraba con cierta dificultad, mientras su entrenador personal trataba de coserle la ceja izquierda que sangraba abundantemente al haber recibido en la noche de ayer varios golpes seguidos en forma de avión presidencial. Él, sin embargo, amparándose en las predicciones de las últimas encuestas, seguía comportándose con chulería mostrando al respetable que lo insultaba desde las gradas su dedo corazón bien enhiesto en un gesto obsceno bastante lamentable para todo un representante de la patria.

En el ángulo inferior izquierdo, Iglesias sonreía con rabia a pesar de la costilla rota con la que se presentaba en el ring, después de haber sufrido varios golpes bajos relativos a la compra de su millonario chalet. “Si lo hacen los demás se les llama ricos y especuladores pero si lo hacemos nosotros es otra cosa ¿verdad?” le había soltado alguien en un descuido que le había pillado con la guardia tan baja, que el líder de Unidas Podemos ni siquiera supo por dónde le había llegado tal golpe aunque tenía la impresión de que le había atizado Rivera.

Curiosamente Albert parecía el más entero, en su esquina, con su cara de recién enamorado de cantante de moda, sin tener que lamentar grandes destrozos en su organismo, al haber escurrido el bulto mejor que los demás sin exponerse demasiado ni a las derechas ni a las izquierdas. “Tranquila Inés, esta noche me los como con patatas” le decía a Arrimadas, que contemplaba el combate desde primera fila, con los ojos tapados, siendo muy consciente de que su líder, era tan endeble, que al primer soplo besaría la lona.