20 mayo 2019
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Todo tiene su ayer

13 mar 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Nada es nuevo en un país con tan larga y turbulenta historia como España. Estamos viviendo momentos convulsos y si lógico es sentir preocupación por lo que ocurre, no tanto es sorprenderse de ello, porque todo esto que ahora vemos tiene su ayer. Conocer la historia ayuda a comprender el presente, a superarlo, por eso ignorarla conlleva el riesgo de repetirla, y algo de eso es lo que está sucediendo. En España se esfuerzan en que se olvide la historia, por una parte, y en que no se aprenda para que se ignore, por otra, porque un país que se olvida de lo que ha sido y se ignora a sí mismo es un país inconsciente, víctima de ello y, por ello, a merced de oportunistas, trepas, vividores y demás caterva que pasaba por allí. La política está rebosante de gente así y en el Gobierno no cabe uno más. Dicen que le quedan cuatro días..., o cuatro años si no más, las encuestas siguen su tendencia, que a este paso acabarán dándole al PSOE la mayoría absolutísima de casi el cien por ciento.

Auguste Meylan era un periodista suizo, corresponsal de guerra, y a España (escenario casi permanente de trifulcas, cuartelazos, alzamientos y golpes de efecto) vino para informar de la tercera guerra carlista enviado por el periódico parisino Le Siècle. Este hombre, que captó enseguida las peculiaridades de nuestro pobre país y de su gente, se hizo la idea de una España plural, y así solía referirse a ella, en plural, y en plural tituló su libro de viaje A través de las Españas, tanto por las que compartían la Península Ibérica y los archipiélagos balear y canario, como por las de ultramar, que configuraban un país de enormes diferencias e impactantes contrastes, porque cada España era, a su manera, distinta a las otras. Allá por donde pasaba descubría una España diferente, por sus gentes, sus costumbres, sus paisajes..., nada era igual a lo que había ido dejando atrás, todo para él era nuevo e iba de sorpresa en sorpresa.

Entró en España por Barcelona, en barco desde Marsella, y cuando desembarcó quedó asombrado de cuanto encontraba sobre la marcha, una ciudad bulliciosa en la que nada había a la vista que diera a entender hallarse en un país en guerra consigo mismo. “Me cuesta trabajo creer --decía-- que haya pasado por aquí [por Barcelona] la guerra civil, que los voluntarios ocupen el fuerte de Montjuit y que los carlistas se encuentren a dos pasos. En todos los lugares se cantan las glorias de la República Federal...” (por la Primera República recién proclamada, era el año de 1873).

Escribe del catalán ser un “buen pueblo, industrioso, valiente y animoso, que se siente superior y que mira con ojo burlón a sus compatriotas de otras provincias...”, y cuando entra en Castilla refleja en su paisaje áspero, en el que no se ven más que “bloques de rocas, altos brezos y cardos históricos”, la sobriedad del castellano. “Aquí --comenta refiriéndose a España-- todo es contraste: virtud y vicio, sombra y luz, fertilidad y esterilidad, inteligencia y embrutecimiento”.

Machado dio en el clavo, pero se quedó corto. Las Españas de ultramar ya no existen, pero sí las peninsulares, las de los archipiélagos, las de las plazas de soberanía en África, es decir, las que integran el Estado de las Autonomías, más las que dentro de cada autonomía existen. En Castilla y León, por ejemplo, se respiran Españas diferentes por todo aquello que distinguen y distancian a Soria de Salamanca, a Burgos de Ávila, a Palencia de Zamora, a León de Segovia y a todas ellas de Valladolid; también en Andalucía ocurre, en Castilla-La Mancha, en Aragón..., diferencias que son de ahora, de ayer y de siempre, y hacen que aquel concepto de una España plural que tenía Meylan siga vigente tanto o más que entonces.

España es un puzzle en el que las piezas encajan mal y no hay manera de terminarlo. Y aquí sigue como si no pasara nada, porque aquí nunca ha pasado nada. País de triquitraque, en el que puede ocurrir y ocurre lo más rocambolesco sin que nadie se inmute. Lo último, el caso Clemente. De pucherazos está nuestra historia llena, así que uno más no nos lleva a ninguna parte. Se ha sabido que, como un conejo de la chistera de un mago, el Gobierno del Frente Popular salió de un pucherazo y de aquel pucherazo vino lo demás... hasta hoy. ¿Prefieren no saberlo o no acordarse? Elijan.