16 octubre 2019
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Tiempo para comprar votos

10 oct 2019 / 03:00 H.

Hay una forma de hacer las cosas bien en política que puede provocarle al dirigente de turno una sangría de votos; y al contrario, existe una manera de hacer las cosas mal que puede proporcionarle al mandatario un buen saco de papeletas en las siguientes elecciones.

No estoy seguro de que la titular de la Sanidad regional, Verónica Casado, haya acertado de pleno con su propuesta para reformar la atención rural en Castilla y León, pero me parece un acierto y una actitud valiente la intención de aplicar cambios en un servicio que viene fallando de manera evidente en los últimos años, y con tendencia a empeorar.

La consejera de Ciudadanos ha provocado con su iniciativa un revuelo de mucho cuidado, porque en esta tierra cualquier movimiento en los servicios que la Administración autonómica presta en los pueblos se entiende como un atentado contra el mundo rural, y la política regional está llena de escopeteros dispuestos a disparar sobre cualquiera que ose proponer algo diferente a lo que ya tenemos (y que sabemos que no funciona).

Casado ha tenido que reducir al mínimo sus pretensiones y ha acabado por limitar su revolución a una experiencia piloto en la comarca zamorana de Aliste, donde propone dotar a los consultorios locales de mejores medios diagnósticos y terapéuticos, ofrecer consulta de lunes a viernes a toda la población de la zona y adecuar la atención y frecuencia de consultas en los consultorios locales a las necesidades de salud de los vecinos. Es decir, que habrá consultas con médico si hay enfermos y solo cuando haya enfermos.

La propuesta, en principio razonable y más aún si la consideramos como una experiencia piloto, ha sido vituperada por la oposición liderada por el PSOE como si se tratara de los funerales de la sanidad rural y ha sido rechazada también por dirigentes del PP, que ven en las ideas de Casado una prolongación del pensamiento ‘fusionador de municipios’ de su jefe de filas en Cs, el vicepresidente Francisco Igea. Tanto populares como socialistas pueden estar de acuerdo con los planteamientos de los naranjas, pero solo lo reconocerán en privado, porque en público les puede el miedo a perder votos en la siguiente cita con las urnas.

Ocurre que tanto la racionalización del funcionamiento de los consultorios locales como la concentración del poder municipal pueden ser ideas muy eficaces y coherentes, pero quitan votos en los pueblos. O al menos esa convicción forma parte del razonamiento político asumido como auténtico y demostrado por los dirigentes de los partidos, de tal forma que no hay manera de aplicar ninguna medida de ese tipo en Castilla y León ni en España, y menos en periodo electoral o preelectoral.

Hacer las cosas bien puede hacerte perder unas elecciones cuando aplicas medidas impopulares, sí, pero ¿siempre? ¿No hay excepciones? Porque nadie desde hace mucho tiempo ha tenido el atrevimiento de ser coherente y aplicar sus ideas por encima de intereses electorales. Así que no podemos estar seguros de que la firmeza en las convicciones lleve siempre al desastre.

Lo que sí sabemos es que hacer las cosas mal no solo no tiene castigo en las urnas, sino que muchas veces puede tener premio. Ahí tenemos al presidente del Gobierno en funciones saltándose pactos de Toledo, principios democráticos y restricciones financieras, todo de golpe, para comprar votos con el dinero de todos los españoles. No por previsibles dejan de resultar menos escandalosos e inmorales los anuncios de la subida de las pensiones y de los sueldos de los funcionarios o la rebaja del número de peonadas exigibles para cobrar el PER. Medidas que Pedro Sánchez acaba de comprometer como arranque de su campaña. Metido ya de lleno en modo electoral, el Doctor Sánchez no va a dejar pasar una oportunidad de utilizar los presupuestos del Estado para engordar la saca de votos de aquí al 10 de noviembre.

Premio a la desfachatez y castigo a la coherencia. Así es nuestro país, así somos nosotros los votantes, y así son nuestros gobernantes.