22 agosto 2019
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Teatro

15 jul 2019 / 03:00 H.

Llega el verano y, con las barbacoas, los sanfermines y el Tour de Francia, ya están aquí los festivales de verano, dedicados a la música y a las artes escénicas, seguramente la oferta cultural más interesante de todas las que se nos ofrecen en estos tiempos de canícula. En el caso del teatro, según el Portal Oficial de Turismo de España, son veintiocho los festivales que en este momento se organizan en nuestro país, la mayoría en verano. Y en el caso particular del teatro clásico, que es al que quiero referirme, la oferta comprende los grandes festivales de Mérida y Almagro -y, con ellos, el de Olmedo, cada vez más pujante-, pero hay otros también específicamente dedicados a él, como los de Cáceres, Alcántara y Olite. Además, naturalmente, el teatro clásico tiene cabida dentro de los programas de los festivales de verano con programas más variados, como el Grec de Barcelona, los Veranos de la Villa de Madrid, San Javier en Murcia o Niebla en Huelva, así como, entre otros, en el “(F)estival” que ha sustituido a nuestras “Noches del Fonseca”.

A juzgar por las cifras de asistentes que sus organizadores proporcionan, estos festivales constituyen la ocasión en la que anualmente un número más elevado de espectadores entra en contacto con esta manifestación artística privilegiada. Incluso, se dice, el público asistente es cada vez más joven, lo que suena a verdadero milagro, si se toma en cuenta el peso que el teatro “antiguo” tiene en los planes de estudio de todos los niveles de enseñanza y en los medios de comunicación. Esta es también la oportunidad en la que muchos comprueban -quizá en algún caso con sorpresa- la extraordinaria pujanza del teatro clásico español, tan influyente en otras culturas, como demuestra una modesta pero sabrosa exposición que durante todo el verano puede visitarse en Madrid, en la casa de Lope de Vega, titulada “Lope de Vega en la escena europea de los siglos XX y XXI”. Porque, habrá que decirlo sin miedo a acusaciones de chauvinismo alguno, nuestro teatro clásico no tiene a Shakespeare, ni a Molière, pero desde Juan del Enzina, alumno en Salamanca de Nebrija y padre del teatro español, pasando por el Renacimiento y hasta llegar al Barroco, cuenta con todo un arsenal de autores que en el Siglo de Oro (con Lope, Calderón, Tirso, Moreto, el mexicano Ruiz de Alarcón, tan ligado a Salamanca, etc.) conformaron quizá la mayor concentración de talento teatral que nunca se haya dado ni en país ni en época alguna. Nuestro teatro clásico hace honor, además, al significado más hondo de este calificativo: nos habla, desde su época, sobre la nuestra, porque las cuestiones que aborda son universales, de cualquier tiempo y de cualquier espacio. Este teatro es, además, a menudo, muy divertido, una experiencia estimulante y un gozo al alcance de todos los que se encuentren dispuestos a sumergirse en él armados de un mínimo nivel de atención.

Luego están los gustos. A quien suscribe le atrae en especial disfrutar de estos espectáculos al aire libre, algo que, lamentablemente, ya no resulta posible hacerlo en los veranos salmantinos. Y le irritan en particular las adaptaciones vanguardistas y experimentales, aquellas que, por ejemplo, convierten al comendador de Fuenteovejuna en un funcionario del nacionalsocialismo alemán o a Macbeth en un capo de los gánsteres de Chicago. Por no hablar de aquellos casos en las que el adaptador, no contento con adulterar a fondo el texto del autor para llevar el agua a su molino, se permite ejercer un adoctrinamiento directo al espectador y colocarnos explícitamente su “mensaje”. Uno se acuerda en esos casos del título de aquel celebrado relato de Manuel Vicent: “No pongas tus sucias manos sobre...”

Pero allá cada cual con sus gustos. Disfruten del teatro clásico durante este verano: en Olmedo las representaciones terminan el próximo domingo, en Almagro el día 28 y en Mérida el Festival se prolonga hasta el 25 de agosto. Justo cuando estará terminando también la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo (del 21 al 24 de agosto), que es otra cosa, pero que también está muy bien.