22 octubre 2021
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Sufrimiento innecesario

11 oct 2021 / 03:00 H.

    Nos dio la noticia la madre Mari Cruz. Nos contó que, en la residencia de las Hermanitas de los Pobres, a pocos minutos a pie de nuestro colegio de las Teresianas, carecían de personal suficiente para servir las cenas y estaban pidiendo ayuda. Nos habían presentado voluntarias a cinco de nosotras, sin avisarnos previamente. Ninguna rechistó y así es como llegamos, estudiantes de bachillerato y niñas bien, a ocuparnos de lunes a viernes, de ocho a nueve y media, de dar la sopa con cuchara, limpiar las comisuras de los labios y, sobre todo, de escuchar noche tras noche las mismas quejas y los mismos recuerdos de labios de los ancianos que nos fueron asignados. Nuestra colaboración duró solo unos cuantos días, tiempo de sobra para entender que lo que menos importaba a aquellos viejecitos era la sopa. Lo único que anhelaban era la compañía. Uno de ellos relataba en cada cena y con todo lujo de detalles la visita que le había hecho su hijo, que había venido desde Madrid acompañado de sus nietos, una visita que según nos explicó una de las hermanas, mientras repartía delantales, ni se había producido ni se iba a producir. Me acordé de él mientras leía el contenido de la nueva ley de Protección Animal. Si dejas a tu perro solo más de veinticuatro horas te puede caer encima una señora multa, pero si tu padre se pudre de soledad, ya sea en casa o en la residencia, sigue siendo todo muy legal.

    La norma también dedica varios artículos a poner límites al uso de animales en romerías, procesiones, fiestas y cabalgatas, con el objetivo de evitarles “sufrimientos innecesarios”. Y soy la primera que deseo su bien. Solo pido, por caridad, que alguien me indique en qué párrafo de qué ley están reguladas las medidas para evitar el sufrimiento innecesario de las personas. ¿No deberíamos empezar por ahí? Veo mucho sufrimiento innecesario en todos esos jóvenes a los que se impide la emancipación, que no quieren propinas de 200 euros sino poder ejercer la profesión para la que se han preparado a base de codos y asumir sus propias responsabilidades. En enfermos que tienen que desplazarse para recibir tratamiento y en los que se dejan la vida enganchada en la lista de espera. En los jubilados a los que el Estado amenaza con seguir torturando en el potro del IBI, apretando un poco más la presión sobre esos ahorros que invirtieron en un hogar digno o en el segundo ladrillo, con el que, llegado el momento, completar la pensión insuficiente. En todas esas familias de clase media empobrecida, que no son lo suficientemente pobres como para vivir de la ayuda social y están muy lejos de ser lo suficientemente ricas como para dejar de entonar la oración del qué será de nosotros.

    Innecesario se me antoja el sufrimiento de los padres de niños discapacitados a los que la Ley Celaá privó de centros de educación especial. El dolor de los últimos habitantes de cada pueblo y el miedo de tantos mayores a que los eutanasien en cualquier descuido. Y sí, innecesaria la fatiga que nos causa tanto ministro incompetente. Por favor que alguien le recuerde a la ministra que los Derechos Sociales a los que alude el nombre del cargo sobre el que asienta sus ilustres son los derechos sociales de las personas, no de los animales, que por mucho cariño que nos inspiren no son sujetos de ningún derecho. ¿Cómo es posible que haya que hacer un cursillo para tener un perro y se pueda hacer uno ministro sin pasar una mínima criba? Pero esto es lo que hemos votado y ¡con un canto en los dientes! Nos quedan dos años de festival. Todavía tienen tiempo de dejar votar a los perros. Y ese día, sin lugar a dudas, los perros disfrutarán también de bono cultural.

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