14 octubre 2019
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Solo una vez

09 oct 2019 / 03:00 H.
Santiago Juanes
El bestiario

Don Luis Santos fue un profesor excepcional, un cronista de primer nivel, además de artista y coleccionista de arte. Ayer se inauguró en las Escuelas Menores una exposición que le recuerda y le rinde homenaje. Justo homenaje. Unos momentos antes de la inauguración los convocados al acto intercambiaban recuerdos sin los cuales es muy difícil entender la exposición. Luis fue, por ejemplo, un profesor peculiar capaz de dibujar más allá de la pizarra o de dedicar clases a alguien a quien invitaba; un vecino que atesoraba pensamientos en hojas sueltas y chistes en su “chistera”. Le fascinaban los de catedráticos. Su sentido del humor tan particular le llevó a colocar un cartel bajo una señal de rotonda que pone “solo una vez” para evitar que los catedráticos que pasaran por la rotonda diesen vueltas a ella sin parar. Luis creaba “bodrios” o “santadas”, como llamaba a sus obras de arte, y recreaba sus paseos salmantinos en crónicas inolvidables. Paseos con Carmina Unamuno, claro, porque ambos fueron inseparables. Ni la muerte pudo separarlos. Cuenta su hija Carmen Santos Unamuno que le encantaban las máquinas y el cuerpo humano era su favorita: ahí está la razón de su vocación profesional. Todo lo demás vino por añadidura. Fue un universitario peculiar e inolvidable. Habría que organizar en esa sala de exposiciones, rodeados de sus creaciones y recuerdos, una tertulia en la que compartir algo de aquella vida representada en ella. Con los hijos, con compañeros como Enrique Battaner, amigos como Domingo Sánchez Blanco, gentes del arte como Andrés Alén o Vicente Sierra Puparelli; universitarios que le conocieron bien, como José Ramón Alonso, Ana Chaguaceda, Fernando Rodríguez de la Flor, Ana Cuevas, el propio Enrique Cabero, o los Unamuno presentes en la inauguración. En fin, fueron tantos los días que coincidíamos en la calle o las citas culturales, que aquel otoño de 2008 que no hubo día que no echase de menos a Luis y Carmina.

Por otro lado, hoy, el Museo del Comercio, un espacio tan imprescindible como desconocido por muchos salmantinos, inaugura otra exposición, en este caso de homenaje a Rafael Basulí, un aparejador reconvertido en diseñador de interiores, después de ser topógrafo municipal, parte de cuya obra se ha perdido por reformas y avatares de los tiempos: “Las Torres”, “Viñuela”, “Galán”, “Emilio”, “Miranda”, “La Costa Azul”... Aunque otra aún permanece, como el Mercado de San Juan, en cuya construcción, como diseñador, colaboró con su arquitecto, Ricardo Pérez –el proyecto era de Luis Gutiérrez Soto y Javier Barroso— o el enlosado de Los Bandos y la Plaza de la Libertad, nacido de la propia Plaza Mayor, en incluso en la gran reforma de La Alamedilla cuando se abrió el estanque con su pajarera o el parque infantil de tráfico. Una figura interesante y una exposición que nos permitirá recordar o conocer mejor parte del gran comercio salmantino a través de fotografías ya históricas.

Ambos son protagonistas de una actualidad cultural intensa y extensa en la que hay que incluir también a Jesús Málaga, que esta tarde en el Casino advierte del problema que se nos viene encima con el cierre de conventos. Los edificios apuntalados o abandonados en Salamanca, o cerrados, como los conventos, pueden terminar provocando idéntico desasosiego al que se siente cuando uno recorre la ruta de las fábricas textiles de Béjar. O a Luis García Jambrina, que ayer presentó su novela “Manuscrito de aire”, protagonizada por Fernando de Rojas, pero también por la relación de los españoles con los indígenas en el Nuevo Mundo, con un final intenso, que me recordaba los últimos momentos de “Apocalipsis Now”. Son páginas espléndidas en una novela valiente e interesante; una golosina para el lector. Igual que el nuevo libro de los Rabaté, presentado ayer.