26 julio 2021
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Sillicon Saxony

19 jul 2021 / 03:00 H.

    La misma noche que cayó el Muro de Berlín comenzó un éxodo masivo de los habitantes de la RDA, la Alemania comunista, en dirección a Occidente. El comunismo convierte siempre los países en ingentes prisiones, para muestra este botón, y apenas se abre una rendija huyen en masa. Con lo puesto. Dejando atrás casas, enseres y vidas. Entrar en uno de aquellos pisos de Freiberg, en los que no se detuvieron ni a recoger los platos de la cena, ni a sacar del marco las fotos familiares antes de marcharse, ha sido una de las experiencias más sobrecogedoras de mi vida. Las huellas de toda una existencia abandonadas doblaban a muerto y daban testimonio del desprecio de aquella gente por lo vivido, de su firme convicción de no volver a vivirlo nunca más. Pero, a lo que vamos: entonces el Treuhand, el organismo encargado de privatizar aquella economía en ruinas, tuvo que liquidar unas 3.700 empresas que nadie quería, ni regaladas, y los pocos que habían optado por quedarse vivían ya solo de las subvenciones de la Alemania del oeste. Allí no había futuro ninguno y los jóvenes, sistemáticamente, se iban al terminar el colegio. La región se enfrentó a un grave problema de despoblación que, 30 años después, está en vías de superación. Ahora la región comienza a surtir de última tecnología, chips y semiconductores a toda Europa. Os cuento todo esto porque, si dejamos de mirar nuestra tierra en clave de patria o de matria y, a poco que nos enfoquemos en un concepto que podríamos denominar provisionalmente “hijolandia”, deberíamos fijarnos en ejemplos como este. Os voy a explicar cómo lo han hecho ellos.

    Crearon una asociación de la que forman parte las administraciones locales y regionales, además de universidades e instituciones científicas y unas 300 empresas. Hicieron una labor conjunta de lobby en Berlín, presionando a favor de importantes ayudas gubernamentales que se destinaron a facilitar la instalación de empresas de tecnología puntera. Obsérvese aquí que las subvenciones y sus frutos no fueron directamente a parar a las empresas que formaban la asociación, sino a otras, muchas de ellas extranjeras. La asociación realizó un trabajo proactivo, presentándose ante la directiva de firmas de futuro y preguntándoles: Qué podemos hacer para convenceros de venir a invertir en la región. Su último gran éxito es el fichaje de Bosch, que acaba de abrir la primera fábrica de chips en Alemania desde hace 20 años, con una inversión de mil millones de euros para una planta que combina inteligencia artificial e internet de las cosas. Lo que las empresas mayoritariamente les pedían era suelo barato junto a infraestructuras, centros sanitarios, colegios, además de un buen trato fiscal.

    Sillicon Saxony, el nombre de la asociación, es un juego de palabras con la región de Sajonia y el valle americano en el que se inspiraron. Consiguió los recursos públicos para cubrir los requisitos que marcaban las empresas y le ha salido muy bien. No fue de la noche a la mañana. Llevan veinte años trabajando. Hoy en día el enclave factura conjuntamente 4.000 millones de euros anuales y cuenta con marcas tan significativas como Daimler, AMD, Intel, Infineon, Siemens o Motorola. Y, lo que es más importante, emplea a 40.000 trabajadores, cuya presencia garantiza la repoblación y da vida a otras miles de pequeñas y medianas empresas, que van surgiendo al calor de la actividad económica. En 2012 dejó de descender la población y desde entonces han ganado unos 15.000 habitantes.

    Si la Alemania vaciada ha encontrado la manera de romper con la dinámica de la despoblación, no veo por qué no podemos hacerlo nosotros. No creo que seamos más tontos que ellos. Quien os diga que esto no tiene solución os está mintiendo. Se trata de trabajar todos a una: empresarios, administraciones y científicos. De renunciar a la inercia de que las subvenciones sigan alimentando actividades que no dan más de sí, por muy locales y nuestras que sean, y de abrir la mente a nuevas posibilidades. Contamos con una cantera de jóvenes con muy buena formación, dispuestos a aceptar el reto, y necesitamos a muchos otros que lleguen de fuera y se sumen a nuestras filas, para que Salamanca no se quede en el siglo XX mientras Europa avanza en el siglo XXI. Y llevamos retraso, así que dudo mucho que podamos alcanzar al resto circulando a 30 por hora. En realidad se trata de decidir si queremos que Salamanca sea una gran residencia de ancianos y funcionarios, mientras duremos los unos y los otros, o una ciudad viva y a la altura de su tiempo, en la que nuestros hijos puedan desarrollar su vida profesional y disfrutar de su herencia. Una decisión demasiado importante para dejarla en manos de los políticos y en la que la sociedad civil debe implicarse, por la cuenta que le tiene.

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