08 agosto 2020
  • Hola

¿Será cierto?

27 ene 2020 / 03:00 H.

Los especialistas en Ciencia Política ya tienen noticia de ello y sobre la cuestión se acumulan, al parecer, toneladas de literatura académica. Pero los profanos en la materia, que asistimos perplejos a lo que vemos, nos seguimos resistiendo a pensar que “esto” pueda ser cierto. Hablamos de la “nueva” política o de la “nueva-nueva” política, una especie de cambio de paradigma, de modificación radical de las pautas que antes regían en el espacio público, que juzgábamos inamovibles pero que hoy parecen derrumbarse con estrépito.

Pensemos, en primer lugar, en la búsqueda de los consensos. Creíamos, siempre lo creímos, que actuar sobre los acuerdos, cuanto más amplios mejor, daba solidez a las políticas públicas, aseguraba los cambios, los reforzaba incluso, además de contribuir a la estabilidad de las sociedades. Pues bien, asistimos ahora a la expansión de estrategias basadas en justamente lo contrario: en la división, en la polarización, en la renuncia a la transversalidad y en el aniquilamiento de los espacios centrados o de moderación. Siguiendo las recomendaciones de gurús de la comunicación muy apreciados, se parte en estos casos de una caricaturización del adversario, basada en la repetición de argumentarios de una simpleza sonrojante, hasta privarlo prácticamente de legitimidad. Una vez conseguido ese objetivo, todo es más fácil: lo que hacemos es lo único que podemos hacer y, por criticable que resulte, será siempre preferible a lo que pueda proponer nuestro contrincante, confinado a la condición de enemigo primario, ya no solo nuestro sino poco menos que de la humanidad. Es más, si alguien nos critica lo hace en el fondo porque, con mayor o menor disimulo, está situado en el lado oscuro. Pero aquí viene lo peor de todo: quienes actúan de ese modo, dinamitando puentes, cavando trincheras, siguiendo pautas que antes eran juzgadas como irresponsables, no solo no reciben sanción social o electoral, sino que se convierten en exitosos líderes mediáticos o ganan elecciones sin parar. Lo que hace que cunda el ejemplo por todas partes.

Pensemos a continuación en cómo se cotiza la mentira. Era norma conocida en otro tiempo que “quien la hace la paga”, es decir, que podías equivocarte, podías tomar decisiones erróneas, pero había algo que en ningún caso podías hacer: mentir abiertamente, faltar a la verdad a sabiendas, prometer algo y olvidarte de cumplirlo. Por supuesto, los programas electorales nunca han sido de estricta observancia y todos recordamos en otro tiempo cambios de posición espectaculares. Pero todo el mundo era consciente de los costes que tenían esos bandazos y por ello procuraba evitarlos: unas veces utilizando la ambigüedad o el disimulo, otras -si no había más remedio- poniendo el mayor empeño en explicar las razones por las que no se había podido cumplir lo prometido. Porque al menos algo estaba claro: mentir pasaba factura. Ahora, sin embargo, las cosas funcionan de otro modo. Se puede decir algo, anunciar con la mayor solemnidad un compromiso, y al poco tiempo decir lo contrario sin que haya necesidad de justificar nada. Y aquí viene de nuevo lo peor. Esa manera de actuar apenas desgasta, incluso a menudo es rentable. Tus adversarios podrán emplear toda su artillería en poner de manifiesto que has mentido, pero tus partidarios -mecidos en las delicias del sectarismo y la primacía de la emoción sobre la razón - no solo te disculparán, sino que aplaudirán tu arrojo marrullero. Al fin y al cabo, eres “uno de los nuestros” y lo que les dijiste era lo que ellos querían oír, aunque no fuese cierto. Ya lo había sentenciado Campoamor (“nada es verdad ni mentira...”), quien merecería el homenaje debido a los visionarios que se adelantaron a su época y profetizaron el advenimiento de estos tiempos líquidos y de posverdad.

¿Qué está sucediendo entonces? No es nueva, por supuesto, la búsqueda del poder, incluso en las apariencias más descarnadas, pero sí lo son algunos de los métodos con los que se pretende alcanzarlo y conservarlo. La nueva normalidad lleva aparejada el encumbramiento de personajes indocumentados y sin escrúpulos, pero hábiles intérpretes de una realidad social y cultural decepcionante, cuyos éxitos crean escuela en todos los niveles. De poco sirve denunciar que esta dinámica tiene como precio la erosión de la confianza en las instituciones y en los principios comunes que sustentan la convivencia. Inútil resulta también reivindicar la racionalidad ilustrada, en la que se proponía tratar a los ciudadanos como adultos, desde la creencia en que no estarían dispuestos a tragarse cualquier cosa. Todo esto suena antiguo, viejuno incluso. Ahora la noria gira y gira alegremente, con el mayor descaro. ¿Será cierto? ¿Estaremos comprendiendo lo que pasa?