19 junio 2019
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Selectividad

11 jun 2019 / 03:00 H.
Juan Mari Montes
Cuaderno de dudas

A mis cincuenta y cinco tacos, todavía de vez en cuando despierto entre sudores fríos creyendo que estoy en mitad del examen de selectividad y que me suenan a chino mandarín todas las puñeteras preguntas. Miro a derecha e izquierda y todos mis compañeros, incluidos los más zánganos de la clase, están llenando decenas de folios como si en lugar de responder a un escabroso cuestionario en el que nos va la vida, estuvieran confeccionando su cartita a los Reyes Magos. Juraría que alguien les ha filtrado las preguntas a todos menos a mí, lo que hace que mi nivel de angustia siga creciendo hasta límites difícilmente tolerables.

Es natural por tanto que despierte gritando, mientras mi mujer al lado se incorpora y sabiendo de qué va el asunto, me dé unas palmaditas en la espalda. Me susurra que todo es una mala pesadilla, que el examen de la selectividad ya pasó y que incluso lo superé con buena nota, cosa que por supuesto no me creo. Es lamentable recordar esto a plena luz del día, pero a esas horas intempestivas de la madrugada, más de una vez nos hemos puesto a considerar si sólo me miente por vicio o para que me tranquilice y podamos dormirnos y descansar. Confieso que algunas noches he llegado a ponerme tan pesado, que terminó levantándose y rebuscando en los cajones esa carpeta donde guardo el dichoso diploma que acredita que no sólo superé con notable la selectividad, sino que incluso completé estudios superiores en la facultad de Derecho. Después de eso volvemos a acostarnos, pero aunque ella se duerme inmediatamente, yo continúo con un ojo bien abierto y la mosca detrás de la oreja: No recuerdo haber ejercido jamás ninguna profesión que tenga que ver con ese título. ¿Y si lo que me acaba de mostrar mi mujer es una vulgar falsificación como esas que adornan el expediente académico de nuestros políticos?

Afortunadamente con la llegada del sol, las pesadillas y todo ese lodo que arrastran tras ellas, comienzan a disiparse tras una buena ducha y el aroma de un café bien cargado. Pero desde aquí vaya mi solidaridad, comprensión y afectuoso abrazo a tanto estudiante que a estas horas se sienta angustiado en espera de la calificación de ese retorcido y alevoso examen de selectividad.