28 septiembre 2021
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Segunda Transición

04 ago 2021 / 03:00 H.

    Conocí a Anne Applebaum a mediados de los noventa, poco después de que escribiese su primer libro sobre la precipitada y exitosa transición de los países comunistas de Europa del Este hacia la democracia. Mientras los castigados pueblos de la antigua Unión Soviética celebraban el ansiado despertar a la libertad y a la prosperidad, mientras Francis Fukuyama firmaba un alegre epitafio sobre el final de la historia, la perspicaz mirada de Applebaum advertía ya soterradas semillas de totalitarismos no resueltos que, pronosticaba, se convertirían con el tiempo en auténticos dolores de muelas políticos.

    Por entonces Applebaum pasaba parte del año en Varsovia y acudía a Berlín a aprovisionarse de libros, periódicos y revistas en inglés. Se dejaba guiar de librero en librero, preguntaba curiosa de café en café, y de todas las conversaciones extraía conclusiones que se nos antojaban pesimistas al resto, pero que el tiempo ha iluminado como acertadas. Hoy sus libros están muy de moda. En el empacho de lecturas que me embucho aprovechando las vacaciones de verano y que no seré capaz de digerir por completo hasta el veranillo de San Martín, subyace un denominador común que remite a la periodista e historiadora estadounidense, junto a augurios de todo tipo sobre el aciago y progresivo regreso de los totalitarismos, ya sean estos trumpistas o castristas.

    Y en el sopor de las sobremesas estivales he escuchado la amenaza concreta de una “segunda transición”, proferida por Pedro Sánchez y que me devuelve a la advertencia de Applebaum. Difícilmente, sin embargo, puede compararse la Transición con mayúsculas, que vivió España en el 78 y que culminó en el 86 con la entrada en la UE, con esa secuela que pretenden presentar, al apellidarla con el ordinal, como continuación de la auténtica. Tampoco con las transiciones que propició la caída del Muro.

    Todos esos procesos tuvieron en común un altísimo grado de consenso y unidad entre los ciudadanos, mientras que ahora las sociedades están divididas, cuando no completamente ajenas a políticas impuestas por partidos que ni siquiera cuentan con votaciones mayoritarias que legitimen, ni mucho menos, un cambio de régimen. En el 78 toda España quería democracia y paz, salvo contadas excepciones y no necesariamente por ese orden. Hoy España quiere un sistema sanitario con suficiente personal y equipamiento, una educación pública de la que no sea necesario rescatar a sus hijos y una gestión decente de los recursos de todos, pero no hay demanda de una transición, engendro ortopédico para ocultar la regresión que Applebaum lleva décadas anunciando.

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