08 julio 2020
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Santos Pedro y Pablo

28 jun 2020 / 03:00 H.

    Nuestra capacidad para avergonzarnos de las maniobras del Gobierno socialcomunista ha sido rebasada con creces en los últimos meses, casi cada semana desde ese vergonzoso abrazo del 12 de enero entre Pedro y Pablo, los dos ‘artistas’ que mañana celebran su santo en la cúspide de su fortuna y de nuestra desgracia.

    Da vergüenza ver cómo el Ejecutivo sanchista-eclesiástico monta un homenaje en el Congreso a las víctimas del terrorismo sin la principal asociación que las representa, mientras sienta en primera fila a los herederos de los asesinos, para que demuestren su desprecio a los familiares de quienes han muerto a manos de sus amigos de ETA.

    Da rabia, pero pensándolo con frialdad, no cabía esperar otra cosa de un Sánchez y un Iglesias que llegaron al poder de la mano de los proetarras vascos y del brazo de los golpistas catalanes. Están acercando a los presos, le van a entregar de inmediato las competencias penitencias a Urkullu para que comience a mandar a los asesinos a casa y volverán a premiar al País Vasco con miles de millones de euros a cambio de sus votos para los Presupuestos del Estado. Nada que no cupiera prever.

    A Salamanca Sánchez e Iglesias le niegan los trenes y al Ayuntamiento de la capital le impiden gastar unos millones de euros de superávit (que es dinero de todos los salmantinos) para salvar la economía local, pero para los vascos y catalanes hay barra libre, aunque nos endeudemos hasta las cejas.

    Los ‘santos’ Pedro y Pablo llevan al país a la ruina, pero no vayan ustedes a pensar que este desastre les quita el sueño. Sánchez duerme a pata suelta, una vez que se ha acostumbrado a la pesadilla de tener a Iglesias metido en el Consejo de Ministros. No solo ha aceptado incluir a un comunista bolivariano en su Gobierno, sino que lo ha metido en el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), para darle todas las facilidades en su proyecto de dinamitar la democracia desde dentro.

    Ambos ‘santos que no mártires’ viven una luna de miel, porque dependen el uno del otro y el roce hace al cariño. Pedro tiene a Pablo donde quería: suplicándole que no pacte con los partidos constitucionalistas (PP y Cs) y le deje seguir unos años más en la Vicepresidencia, para acabar de pagar el casoplón con piscina y tinaja de Galapagar. Mientras se necesiten, seguirán celebrando juntos sus onomásticas.

    Hay quien piensa que Iglesias está pasando por un mal momento con esto de la tarjeta de su amiga Dina y la investigación a su amigo el fiscal Ironman. Pero no se engañen: Pablo está encantado de ser el centro del debate nacional. Está encantado con que se descubran sus manejos y todo el mundo se entere de que es el rey de las cloacas. Al fin y al cabo no hace sino cumplir paso a paso un plan diseñado para asaltar todos los poderes del Estado, bajo la mirada indiferente de Pedro, cuyo único interés pasa por seguir planchando oreja en las almohadas de La Moncloa.

    Ninguno de sus amados líderes bolivarianos, desde Chávez a Maduro pasando por Evo y Ortega, hubiera tenido el menor reparo en presentarse como víctima de una conspiración que él mismo ha provocado. Es de primero de manual de populismo-leninismo básico. Y si se descubre el pastel, queda la socorrida salida de una investigación de la ‘camarada’ fiscal general (Dolores Delgado, la que llamó maricón a Marlaska) que acabará archivando el caso y dejando la imagen de Iglesias brillante como la patena.

    Pablo al menos no engaña. Sufre algunas pequeñas incongruencias, como habitar en una mansión mientras ataca a los ‘ricos’, muchos de los cuales viven en casas más modestas, o cuando se queja del nepotismo de los partidos tradicionales mientras en Podemos el que es pariente o colega del Coletas tiene ministerios, direcciones generales y todo tipo de canonjías, y el que no lo es tiene por delante años de fregar la sede. Pero él va a lo que va, y además lo anuncia.

    La culpa no es de Pablo, sino de quien se ha echado en sus brazos y nos obliga al resto de los españoles a soportar las tropelías de un comunista bolivariano en lo más alto del poder.