04 agosto 2020
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Salamanca al natural

15 jun 2020 / 03:00 H.

    Asomarse a balcones infinitos donde un río divide dos países que hoy están más separados que nunca. Rupurupay, Felipe, Fraile, el Moro, La Code, La Vela, Mafeito... El Duero se muestra sublime y diverso en cada uno de ellos. A veces entre laderas que se derrumban sobre el lecho fluvial dejando fértiles campos de olivos, vides y cítricos. Así ocurre en el entorno del salto de Saucelle. No es el Mediterráneo, son las Arribes del Duero. En otras ocasiones, el cañón se vuelve tan profundo que las paredes graníticas se tornan rudas y estériles. Imponentes y abrumadoras. Acantilados fluviales que dibujan uno de los paisajes más singulares de toda Europa. Así se presentan en Aldeadávila. Pero en Mieza la imagen es diferente gracias a su bosque de almez, esa especie que los antiguos miezucos usaban para hacer leña.

    Una amalgama de atractivos naturales que siguen siendo un gran desconocido para muchos. Solo hace falta perderse por las Arribes un fin de semana cualquiera y comprobar que soledad y belleza se dan la mano. Una soledad que también es posible en nuestra querida Sierra de Francia. Orgullo de una tierra donde se mezclan algunos de los pueblos más bonitos de España con enclaves que bien nos podrían trasladar a la Toscana italiana. Cerezos, frutales, vides, olivos pueblan campos de cultivo rodeados de castaños, robles, madroños, pinos y abetos. Por algo enamoró a Unamuno, como también lo hicieron las Arribes, por cierto. “La majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la Tierra”. Así describió el autor a la Peña de Francia, el cielo terrenal y divino de Salamanca. La roca desnuda que se eleva poderosa entre frondosos bosques que abrigan los castillos de Miranda o San Martín del Castañar, la genial arquitectura serrana de Mogarraz con las perpetuas tramoneras, las ‘huertitas’ de Villanueva del Conde, el bullicio que sabe a miel y turrón en La Alberca, los vigorosos Olmos de Cepeda y Herguijuela de la Sierra...

    En la transición entre sierras se esconde una de mis debilidades. La Quilama. El bosque de las leyendas. La de la reina atrapada en su cueva esperando a su amado don Rodrigo. La de ese Castillo Viejo cuyos muros nos siguen hablando de tesoros, huidas, musulmanes y reyes godos. La oculta chorrera de Jigareo a la que se llega por un tupido vergel donde las gentes de Valero llegaron a sembrar fresas y alubias.

    Sin solución de continuidad aparece la prolongación de Gredos que nosotros denominamos como las sierras de Béjar y Candelario. Las crestas nevadas del La Covatilla, el Calvitero y la Ceja sirven de frontera natural entre Salamanca, Ávila y Cáceres. Pero los que no se atrevan a hacer una incursión en esas poderosas cumbres, se pueden quedar abajo. En Béjar y su Castañar. En Candelario entre batipuertas y regaderas que nos mecen con el sonido de su agua procedente del deshielo. En la cascada de la Mangá. En el Cancho de la Muela. Asomándonos a Extremadura desde El Cerro y Lagunilla. O escuchando el rugido de la Garganta del Oso.

    Parece irreal poder reunir paisajes tan diversos, pero aún queda otro. La dehesa, por supuesto. Esa que no existiría si los animalistas radicales impusieran sus enfermizas ideas. Esa donde el hombre es un personaje más de la película porque comparte escenas con los toros de lidia, los cerdos ibéricos, las vacas limusinas, charolesas o moruchas. Y, sobre todo, con unas encinas que son santo y seña de una tierra. Ese paisaje de árboles retorcidos que demuestran la plena armonía de fauna, flora y ser humano, se puede apreciar caminando desde Ledesma al Puente Mocho o desde Porqueriza al Puente de los Diablos.

    Son suficientes argumentos para presumir de nuestro tesoro natural. Para promocionarlo y ensalzarlo. Para que a partir de ahora lo redescubramos y ayudemos a que otros lo descubran. Nos va la vida y la cartera en ello. Suerte y al toro.