05 diciembre 2021
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Reforma laboral

25 oct 2021 / 03:00 H.

    Entramos en una semana decisiva para el mercado laboral sin tener siquiera información sobre los planes del Gobierno. Yolanda Díaz Suso se limita a insistir en que derogará la reforma laboral “a pesar de todas las resistencias”, sin explicar su propuesta y en un tono épico del que se deduce que vive la negociación como una batalla en la guerra interna que libra con Calviño. Pero lo que está aquí en juego no son los egos ministeriales ni el equilibrio de poder en la coalición. Ni siquiera el equilibrio de fuerzas en la negociación de los convenios. Hoy en día, el convenio colectivo es el prurito de trabajadores cuasi nobiliarios, que defienden sus privilegios respecto al común de los mortales machacas, entre los que se encuentran los mileuristas, los autónomos, y los que buscan acceder a su primer empleo. Aquí lo que verdaderamente está en juego es el drama del paro.

    Somos el país con más paro de Europa. España aporta, de hecho, uno de cada cinco parados europeos y el drama deviene en tragedia si dejamos caer los ojos sobre el paro juvenil. A menudo me han preguntado por Europa cómo es posible que haya un 40% de paro juvenil y no estén ardiendo las calles. Me toca explicarles lo que significa la solidaridad familiar en España, un país en el que la familia asume buena parte de las responsabilidades del Estado y en el que los hijos permanecen en casa y a costa del bolsillo de los padres hasta edades de ciencia ficción un poco más al norte, donde los chavales empiezan a trabajar, sencillamente, cuando les da la gana. Y pueden creerme que no se vive igual en un país en el que el trabajo es un bien escaso que en aquellos en los que se trata de un bien en abundancia. La calidad de vida, la libertad y la seguridad que aporta el pleno empleo a los ciudadanos conforman una sociedad mucho menos manipulable y dependiente, lo que genera a su vez salud, creatividad y futuro. En nuestras actuales circunstancias, por lo tanto, no podemos permitirnos ni un solo movimiento que no lleve el sello de garantía de la creación de empleo y nos permita avanzar en esa precisa dirección.

    Ignoro lo que Díaz Suso lleva desde marzo negociando con los sindicatos, pero, insisto, los parados no están sindicados. Si tú a un parado le preguntas cuántos días por año trabajado desea cobrar en caso de despido injustificado, igual te suelta un sopapo. Porque lo que un parado necesita no es un regateo en corto, sino trabajo. Y lo necesita como el respirar. Por eso no podemos quedarnos en un par de parches de salón y tenemos que pensar con perspectiva, fijarnos en qué legislación laboral estaba en vigor en los momentos en los que gozábamos de tasas de paro un poco menos dramáticas y proyectarnos al futuro. Hay que idear soluciones de raíz, que seguramente partirán de la formación secundaria y, por supuesto, la universidad. Hay que crear cauces de conexión entre los jóvenes y las empresas, ya sea para hacer prácticas, para proponer ideas de negocio, para formarse o sencillamente para conocerse. Hay que desglosar la palabra empleo para empezar a legislar muchas nuevas formas de trabajo, más líquidas, que surgen de las nuevas tecnologías. Hay que aprovechar la mina del empleo a distancia que proporciona Internet. Probablemente haya que ayudar a las pymes a aumentar su tamaño y digitalizar la administración y la gestión de las empresas. Y con toda seguridad habrá que aumentar la productividad. Un trabajador español genera en torno a 61.000 euros de producción anual, en datos de 2015, y eso es un 25% menos que los trabajadores de nuestros socios europeos más avanzados. Y no es que seamos más vagos, sino que estamos peor dirigidos y contamos con peor motivación. Hay un concepto laboral, una expresión que solo existe en español y que deberíamos borrar de nuestro vocabulario, la de colocarse. Habrán escuchado a algún fulano presumir de que su hijo “se ha colocado” en tal empresa, como si fuera un jarrón en una vitrina. Nada más lejos de la movilidad, flexibilidad y renovación constante que exige el trabajo en el siglo XXI, ¿no les parece? Opinen todos los implicados y aporten ideas, debatamos abiertamente. Lo que está en juego es demasiado importante como para jugárnoslo a un pulso entre señoras que juegan a ser ministras.

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