05 agosto 2020
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¿Qué narices hacemos nosotros?

11 may 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Basta ya de culpar al otro. De cargar únicamente las tintas contra los políticos. De pretender ser más listos que nadie. De que ahora nos entren las prisas para después arrepentirnos en cuestión de semanas. ¿Qué narices estamos haciendo nosotros? Sí, nosotros. Los ciudadanos. Los que hemos sufrido el virus y sus consecuencias, por supuesto. Los que también hemos padecido la improvisación del Gobierno y hemos respondido golpeando las cacerolas. Los que hemos aplaudido cada día a los sanitarios. Insisto, ¿qué estamos haciendo ahora? Una gran parte comportándonos con responsabilidad, por supuesto. Siguiendo escrupulosamente las directrices que marca en cada momento el Ejecutivo. Mirando con respeto y, sobre todo, con mucha higiene al virus. Pero en esta guerra no sirve el esfuerzo de muchos si unos pocos se pasan todo por el arco de triunfo. Estoy indignado y triste. Y soy pesimista. Mientras algunos quieren que pasemos a la fase 1, yo creo que no estamos ni para la 0. Y me duele por todos esos trabajadores, autónomos y empresarios que cada día que pasa se hunden un poco más. Pero de nada sirve abrir los negocios sin las condiciones para atender a su clientela con seguridad y viabilidad. De nada sirve volver a la actividad si el virus sigue ahí y el miedo escénico a tomarnos una caña en un bar no desaparece.

Mi pesimismo es fruto de lo que estoy viendo. Y lo que veo no me gusta. Jamás se puede generalizar, pero esos jóvenes que dan ejemplo en muchos aspectos están minusvalorando a la COVID-19. Ante la imposibilidad de controlar a todas y cada una de las personas que salen a la calle, estamos asistiendo a las ‘quedadas’ de grupos de amigos un día sí y otro, también. Es una quimera pensar que todos los que pisan la vía pública y pasean juntos residen bajo el mismo techo. No seamos hipócritas. Están quedando amigos, padres e hijos que viven separados, novios que no comparten techo, etc. Algunos al menos lo hacen guardando la distancia de seguridad y con mascarilla, pero otros ni eso. Es para inquietarse cuanto menos. Sin test masivos que detecten a los asintomáticos, ni rastreadores que sigan la pista de cada contagiado, lo que estamos viviendo estos días es una auténtica bomba de relojería. Ojalá me equivoque. Y rezo por hacerlo. Pero solamente puedo confiar en lo que nos contaban los mayores que vivieron la gripe de 1918. Que tal como vino, se fue. O que la mayoría lo hayamos pasado asintomáticos y estemos inmunizados. De lo contrario la cosa pinta muy, pero que muy mal.

Insisto en que la clase política tiene mucha responsabilidad en todo lo que ha ocurrido, pero por un día mirémonos a nosotros mismos. Seguro que en Portugal o Alemania ha habido comportamientos irresponsables. Pero el hecho de que todo el mundo respetara el confinamiento sin que en un primer momento se obligara, dice mucho del carácter de estos colegas europeos de los que debemos aprender. Detesto cómo algunos padres han utilizado a los niños. Estamos ante la generación infantil a la que más le gusta estar en casa por su adicción a las nuevas tecnologías. ¿Por qué había prisas por sacarlos? ¿Por ellos, o por sus padres? Los más pequeños han sido una excusa para que algunos no tan pequeños volvieran a respirar aire puro. Egoísmo con todas las letras. No me cabe la menor duda.

Escuchaba hace unos días al economista Gonzalo Bernardos asegurar que España no se puede permitir otro parón en otoño. Que ya se ha gastado todo lo que podía gastar. Que la goma de la economía se ha estirado todo lo que se podía estirar. A lo mejor en septiembre estamos ante la infame tesitura de elegir entre la pasta o la vida. Por eso es importante que ahora no demos pasos en falso. Es una quimera pretender esperar a que no haya contagios para regresar a la ‘nueva normalidad’, pero seguimos teniendo un nivel tan alto que lo impide. Y si los comportamientos irresponsables que todos vemos provocan un rebrote, el panorama será dantesco. Quiero tener motivos para el optimismo siempre que hagamos caso de los expertos. Quiero pensar que todo esto es un mal sueño del que vamos a despertar. Pero, sinceramente, me cuesta.