22 junio 2019
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¡Qué coñazo!

15 abr 2019 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Hemos tenido suerte. Dentro de lo malo, nos podemos considerar afortunados. La primera de las dos campañas electorales que vamos a sufrir en un mes estará cercenada. Nunca las procesiones de Semana Santa van a ser tan oportunas. Las procesiones y las vacaciones, por supuesto. Unos días de completa desintoxicación de un ‘show’ lamentable que cada vez genera más rechazo. Me podrán decir que es la esencia de la democracia. Que es la antesala de la fiesta (o funeral, depende para quién) que tendrá lugar el 28 de abril. Me pueden cantar las milongas que quieran, pero sinceramente, las campañas electorales me parecen un total y absoluto coñazo.

Y todo esto lo dice una persona a la que le interesa la actualidad política. Que vive con intensidad la jornada electoral. Que se preocupa por el futuro de nuestra patria. Pero eso no es óbice para detestar estos quince días soporíferos. Si me apuran, lo único que puedo rescatar de toda esta amalgama de mítines, carteles y mensajes previsibles, es el debate televisivo. Ese que tanto se encargaba de ensalzar Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición y que ahora rehuye como el cobarde que es. Es la única cita que puede dejar titulares. El único momento en el que los candidatos se salen ligeramente de esos discursos cerrados, prefabricados y alejados de la realidad que tanto les gusta vomitar en una tribuna rodeados de los suyos. Porque ese es el gran problema. Los mítines se han convertido en una tortura sólo al alcance de los acólitos más fieles. Esos que conservan el amor profundo a unas siglas. O aquellos que acuden en busca del ansiado cargo que les permita vivir sin mayores sobresaltos y sin demasiados esfuerzos.

Recuerdo que hace años las campañas electorales generaban en los españoles unos sentimientos muy diferentes. Por edad no conocí la llegada de la democracia a nuestro país, pero cuando era niño lo mítines tenían tanto magnetismo como un partido de fútbol o una corrida de toros. Los partidos podían hacer demostraciones de fuerza sin necesidad de fletar autobuses desde toda España y trasladar a los ancianos de una residencia a cambio de un chocolate con churros. ¿Por qué sucedía eso? La participación generaba ilusión. Porque los políticos ilusionaban. Ilusionaba Suárez. Ilusionaba Felipe. Ilusionaba Aznar. Había esperanzas de cambio. Todo eso ha desaparecido. O, lo que es peor, ha recaído en aquellas novedades peligrosas como en su día lo fue Podemos y ahora lo es Vox.

Tantos años de corruptelas, sediciosos, amiguismos, tratos de favor y desprecio a la ciudadanía han pasado factura. Porque resulta artificial ver a algunos candidatos pisar esa calle que normalmente solo ven desde un taxi o desde el coche oficial. Puede parecer tópico decirlo, pero es una realidad como un templo. Los políticos a gran escala no pisan la calle. Sí lo hacen los aspirantes a alcaldes o concejales. Porque saben que en esos casos el voto se juega día a día. Pero no lo hacen los que sueñan con asentarse en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Por eso cuando se les ve estos días pasearse por la calle Zamora o por la Rúa, chirrían. Son un bulto sospechoso. La cosa cambiaría si los candidatos sólo lo fueran si rindieran cuentas ante los votantes de su circunscripción y explicaran qué han hecho por ellos.

Esta gente ha desvirtuado la democracia. Por eso no nos pueden pedir que ahora tengamos interés en sus soflamas.

Un buen termómetro del desinterés por la campaña se refleja en las noticias más leídas en las ediciones digitales de los medios de comunicación. La campaña ni aparece a no ser que alguno haya dicho una burrada o se haya producido alguna anécdota curiosa o escandalosa. A nivel local nos ha interesado el derbi salmantino. Los altercados de los de siempre en el Clínico. La emoción de los niños viendo a La Borriquilla. El síndrome del médico quemado. Nos interesa lo que nos afecta y nos emociona. Y las campañas electorales hace tiempo que dejaron de afectarnos y emocionarnos.