11 noviembre 2019
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Proyecto Hombre

20 may 2019 / 03:00 H.
Isabel Bernardo Fernández
Esto son lentejas

Se piense con la cabeza o con el corazón, Proyecto Hombre no es un riesgo, es una garantía. Porque Proyecto Hombre acoge, rehabilita, reinserta y dignifica a hombres y mujeres a los que la vida les sedujo con sus peores adicciones, apartándolos de la familia, de la sociedad, y convirtiéndolos en sombras solitarias a las que ni siquiera la noche se atrevía a acoger en su oscuridad. No, esto no es ninguna metáfora. Por mucho que lo intentara, esta poeta no sería capaz de escribir tan grandes soledades dentro de un poema. Sin embargo, una sola visita a cualquier centro de Proyecto Hombre hace posible que los versos se desnuden repentinamente de tristeza y de lágrimas; que la vida regrese a la palabra con el esplendor del sol y de la esperanza; y que la ciudad se aparezca mucho más hermosa, mucho más feliz, y, por supuesto, mucho más segura. Acaso, ¿puede una ciudad hablar de belleza, de felicidad, de bienestar o de seguridad, si tiene a sus gentes perdidas, enfermas y tristes por las calles?

Sorprende que haya quien vea a Proyecto Hombre como con miedo. Quien ande preocupado por su futura ubicación en el convento vacío de las Bernardas. Son muchas las ciudades que tienen a Proyecto Hombre en el centro de la ciudad y están “encantadas de la vida”. Sorprende que las redes sociales manipulen, mientan o señalen con el dedo de la cobardía internauta, siempre anónimo, a los que están entregando su vida a la dignificación del hombre. Las adicciones al alcohol, a las drogas, no son solo asunto de barrio. Vamos a dejarnos de hipocresías y de echar siempre la escoria en el mismo sitio. Sorprende también que Proyecto Hombre se convierta en un “toma y daca” de campaña electoral. Los políticos tendrían mejor que dar las gracias porque se les está resolviendo un grave problema. En fin, quien quiera salir de dudas, que se pase una tarde por Proyecto Hombre y verá cómo se le quita la temblequera y se le abren los brazos. Gracias, Muiños, por hacer que en Salamanca no sea todo pedernal.