10 agosto 2020
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Prohibido prohibir

14 jul 2020 / 03:00 H.

    El mayo del 68 para unos cambió el mundo y para otros no cambió nada, porque si algo se consiguió el tiempo se encargó muy rápido de acabar con todo. Yo soy más bien de la segunda opinión, de que aquel levantamiento juvenil, entusiasta, impetuoso y violento en las formas, pero ingenuo en el fondo, quedó en casi nada. Mucho ruído y pocas nueces, aunque alguna quedó en la memoria de quienes todavía sueñan al arrullo de aquel testimonio de un pasado, que tuvo su momento, muy impactante, pues medio mundo se estremeció, y que se sostiene aún en una llamada al orden lanzada desde las trincheras parisinas, aquella de “Prohibido prohibir”, prohibición que la historia recoge pero reducida poco menos que a un eslogan propio de un acontecimiento pintoresco, porque desde entonces se siguió prohibiendo igual que antes. Y de los líderes y divas que paseaban como a los toreros, a hombros por las calles de París, ¿qué fue de ellos? A casi todos se los tragó la tierra y tuvieron que buscarse la vida como pudieron. Sólo a unos pocos les fue mejor que bien.

    De aquello poco trascendió, el mundo pasaba por momentos muy convulsos y se empleaba de lleno en afrontarlos (con la guerra de Vietnam en su apogeo y la guerra fría más caliente que nunca, aquel año asesinaron a Martin Luther King y a Bob Kennedy, tropas del Pacto de Varsovia, o sea, la URSS, aplastaba con sus tanques el espíritu de la Primavera de Praga invadiendo Checoslovaquía y ETA cometía su primer asesinato) como para andar perdiendo el tiempo en considerar las exigencias de una juventud ociosa que tenía mucho que aportar a la sociedad, pero no lanzando adoquines contra el mundo sino dando el callo.

    Pasaron los años, casi nueve lustros, antes de que otro movimiento semejante, distinto en las formas, pero idéntico en el fondo, acampara en las plazas de España la noche del 15 de mayo de 2011 para manifestar su “indignación” por un mundo que no le gustaba. Se instaló dispuesto a cambiarlo e instalado estuvo tiempo suficiente para dejar huella, gente de corte similar a la del 68, de la que surgió el ánimo que impregna a la morralla que nos gobierna ahora y a la patulea que aplaude el separatismo y jalea todo lo antiespañol. Y a esto venía, ya que lo que está ocurriendo ahora en España es lo que intentaron que ocurriera entonces en Francia y no lo consiguieron. Eran otros tiempos, otras circunstancias y otro país, el mismo que su Gobierno ha dimitido ahora en bloque obligado por los últimos acontecimientos políticos y no políticos una vez que la Justicia francesa abriera una investigación contra el ya exprimer ministro y dos exministros de Sanidad por presuntos errores detectados y denunciados en la gestión de la pandemia.

    Comparen ustedes lo ocurrido en el Gobierno francés con lo que ocurre en el Gobierno español frente al mismo problema, más acusado aquí que allí, sin embargo, mientras aquel se marcha y deja el sitio a otro, éste nuestro prefiere no enterarse de que la pandemia sigue marcando el paso a seguir y continúa como si nada le incumbiera. Nadie reconoce errores, lo contrario, venden la gestión como un acierto sin paliativos, y si ha habido fallos, que quede claro, son de otros, y por ahí anda el Gobierno y demás tropa prohibiendo prohibir, pero solo ciertas cosas, aquellas que de momento les facilita avanzar por todo lo largo y ancho de la nueva normalidad, hasta que dejen de no prohibir lo no prohibido una vez alcanzado el objetivo marcado, terminen con la luna de miel y nos lleven a la oscura y temible realidad que nos espera si nada cambia, y voluntad de cambio no se ve por ninguna parte, ni tras los resultados de las elecciones gallegas y vascas del pasado domingo, que dicen bastante y dan mucho de sí para ser analizadas con tiempo por medio, no en caliente, porque acabarían quemando.