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Estamos en plena vorágine electoral. Arreglo de calles y plazas a toda prisa, promesas de que lo incumplido ahora sí va a ser cumplido, campañas de blanqueo en redes sociales y aprovechamiento de recursos para dañar al adversario son algunas de las “pistas” que nos dan los políticos de que están cerca de abrirse las urnas para ver cuántos de ellos consiguen manduca y mangoneo para los próximos años. Pero quizás la clave para entender que estamos en año electoral es la primavera caliente que estamos teniendo con huelgas, manifestaciones y concentraciones en prácticamente todos los sectores. Reivindicaciones todas ellas justificadas que enturbian los políticos que se meten en busca de un puñado de votos.

La Justicia está patas arriba. Quizás la lucha de este sector es la que más posibilidades tiene de prosperar. Al final es un problema monetario y eso con un Gobierno de por medio que saca el fajo de la bolsa común parece pan comido antes de unas elecciones. Cada dos por tres en los juzgados de Colón hay protestas.

Lo de la sanidad es un clásico. Echar muertos y enfermos encima al partido que gestiona la materia es más viejo que la orilla del Tormes. Encontrar deficiencias en algo tan sensible como es la sanidad parece muy sencillo. De una manera u otra todos tenemos un familiar esperando un tratamiento o una intervención quirúrgica y eso enerva e indigna sin pararnos a pensar que podemos darnos con un canto en los dientes por tener uno de los mejores sistemas de salud con mejores prestaciones del mundo.

También está en pie de guerra el campo. Estas semanas son los ganaderos, pero podrían ser perfectamente también los agricultores quienes se sumaran al “sindiós” en el que se ha convertido la nueva PAC. Al labrador le obligan a sembrar en su propia tierra lo que desde un despacho estiman oportuno. Un intervencionismo nunca visto que solo son capaces de hacerlo con un gremio al que le ponen el precio tanto de lo que compran como de lo que venden. Inaudito.

He puesto tres ejemplos que nos encontramos estos días en las calles pero que parecen haber pasado desapercibidos para los sindicatos mayoritarios. El pasado lunes se celebraba la tradicional manifestación del Primero de Mayo con un eslogan pidiendo mejores precios, salarios más altos y reparto justo de los beneficios, algo que sinceramente distó, y mucho, de lo que ocurrió en la marcha que salía de la Gran Vía y llegaba a la Plaza Mayor. En toda la manifestación ni un grito contra la situación que ha derivado en esta inflación que nos asfixia. Todo consignas políticas, defensa del comunismo, críticas a la burguesía... les faltó sacar a relucir a Franco y a Primo de Rivera.

Al final, un acto que debería servir para mostrar las reivindicaciones reales de la sociedad y de los trabajadores salmantinos se convierte en una quedada anual de colegas en la que se repiten todos los años los mismos mensajes sin importarle quién y cómo gobierne.

Con la que está cayendo y con la situación que está atravesando cualquier trabajador decente de este país está más que justificada una huelga general. Es llamativo que ni siquiera haya planeado la posibilidad por la mente de los sindicatos mayoritarios. De hecho cada vez que un periodista se lo recuerda tiran balones fuera no siendo que se vayan a equivocar y se queden sin manutención. Y en el gremio de los sindicalistas, como en el de los periodistas o los hosteleros, hay de todo. Los hay mejores y peores, más vagos y más currantes, pero es realmente necesario que defiendan al trabajador sin mezclar la política.

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