31 marzo 2020
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Potencias

19 feb 2020 / 03:00 H.
Rosalía Sánchez
De larga distancia

Asistí por primera vez a la Conferencia de Seguridad de Múnich en 1998. Cuando menciono estas fechas en casa, mis hijos no dan crédito. “¿Mil novecientos?”, preguntan, como si estuviese hablando del Pleistoceno Superior. Ciertamente, estremece la acumulación de décadas a mis espaldas, pero más escalofriante resulta la evolución de ese escenario, en el que anualmente se reúnen líderes de Exteriores y Defensa del mundo entero. El Bayerischerhof siempre ha sido una tertulia franca, informal y desenfadada en la que los ministros se dicen palabras tan gruesas como sea necesario. Pero jamás las relaciones trasatlánticas habían sido tan tensas como lo son ahora, jamás se habían declarado enemigas, textualmente, unas a otras, con tanta nitidez, las potencias internacionales. Desde la Guerra Fría no vivíamos un proceso de rearme a este ritmo, ni con esta hostilidad.

Desde la fundación de la Unión Europea jamás se había oído hablar en térmicos tan escépticos sobre su futuro. Jamás se había desvanecido con esa indiferencia el entendimiento del eje franco-alemán, base de los avances y de la solidez europea. Jamás se había escuchado la palabra “desoccidentalización”, en referencia a un proceso que afecta a todo el globo y que modifica ya las sociedades y las mentalidades. Jamás Europa había sido tan insignificante e imponente en los conflictos internacionales en los que trata de implicarse diplomáticamente.

Y mientras los sesudos panelistas reflexionaban sobre la decadencia de Europa, yo lloraba en mi interior la decadencia de España. Si había entre tanto VIP alguien a quien nadie buscaba, esa era nuestra ministra. Si se le preguntaba a sus homólogos por los primeros pasos de González Laya en el cargo, no sabían explicar si les causaba más estupor su acercamiento a Polonia, país al que la UE está afeando su deriva autoritaria, o a Venezuela. El ministro anfitrión de la Conferencia, el alemán Heiko Maas, evitaba juicios atribuibles en voz alta, pero no tenía reparos en decir que “nosotros no somos neutrales, apoyamos la labor de Guaidó”. Los últimos pasos de España son tan erráticos que nadie sabe a qué atenerse, lo que se suma a que, debido a Cataluña, damos la impresión internacional de tener bastante con nuestros propios problemas como para ocuparnos del conjunto.

Y no es justo. España merece un papel acorde con su historia y su talento, con lo mucho que tiene que aportar a todos esos socios, y no con la calidad de sus ministros.