13 noviembre 2019
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Política cuántica

11 nov 2019 / 03:00 H.
Rosalía Sánchez
De larga distancia

Lo único claro de los resultados hechos públicos al cierre de esta edición, es que hay que empezar a conjugar el verbo. Yo pacto, tú pactas, él pacta... Y dado que son las cuartas elecciones en cuatro años y no estamos dispuestos a ir a unas quintas a votar otra vez lo mismo, lo que hace falta es un gran, gran pacto. No se trata de dar prioridad a las conveniencias sobre las convicciones, sino a dar un salto desde la atrasada política en dos dimensiones, que solo contempla bloques de izquierda y derecha, a la política cuántica, capaz de establecer relaciones provechosas a diferentes niveles y capaz de ver que el mandato de las urnas es un mandato constitucional y de centro.

Entiendo que dé un poco de vértigo abandonar la física de Newton, tan lógica y estable, basada en algo tan tangible como la ley de la gravedad, mientras que la física cuántica parte del principio de la indeterminación formulado por Heisenberg, según el cual es imposible determinar con exactitud ni la posición ni la velocidad de las partículas, pero obsérvese que ninguno de los retos que debe afrontar el próximo gobierno puede ser resuelto con la matemática bidimensional. Ninguno de los bloques por sí mismo podrá poner en su lugar la cuestión catalana, y esa es solamente una ecuación de primer grado en comparación con el resto.

Lo que ha de dirimirse en las próximas negociaciones es cuál es el gobierno que puede ocuparse, por ejemplo, de reducir la deuda pública. En 2007 estaba 0,383 billones de euros, calderilla comparada con los 1,21 billones de euros actuales, multiplicada por cuatro y abarcando ya el 98,9% del PIB. Cuál es el gobierno que puede hacer más efectiva la recaudación fiscal. El fraude fiscal, contando solamente IRPF, IVA y Sociedades, ascendería a los 40.000 millones de euros, según Fedea. Necesitamos tanto que se persiga a los evasores y se simplifique el sistema como que se deje de obligar a los contribuyentes a elegir entre pagar religiosamente o dar de comer a sus hijos, y eso significará posiblemente erradicar el sistema de módulos y rebajar estratégicamente la presión fiscal en determinados puntos que requieren atención extraordinaria, como la España vaciada.

Porque si necesitamos un gobierno es precisamente para gestionar el problema demográfico. Tener más hijos no es ni será nunca una tarea del Estado, gracias a Dios, pero las condiciones ayudan o no y debemos preguntarnos qué gobierno puede apoyar la natalidad y trasvasar población de las insalubres concentraciones urbanas a los núcleos en peligro de extinción, que son a fecha de hoy tres de cada cinco municipios. Y para esto no basta con que pacten los partidos, tienen que pactar además las diferentes administraciones para trabajar todas juntas en un programa común y coordinado a diferentes niveles de intervención pública.

Y luego están los parados. Una cuarta parte de todos los parados de larga duración de la UE se encuentra en España. Cuál es el gobierno capaz de convertir el SEPE en un verdadero agente de búsqueda de empleo e implicar a las empresas en la capacitación de los recursos humanos. En pleno proceso de digitalización de la economía y de reconversión energética, la pregunta es cuál es el gobierno capaz de evitar que España quede rezagada del pelotón de cabeza. En pleno cambio de era laboral, cuál es el gobierno capaz de llevar a cabo una reforma educativa que soporte con solvencia los próximos veinte años. Y por encima de todo, la cuestión es qué gobierno podría aportar un poco de serenidad a la vida pública española.

Para todo eso hace falta un gran acuerdo de amplio espectro en torno a los valores constitucionales y los principios de estabilidad y moderación. Es evidente que un gran pacto de ese tipo puede causar serios daños electorales a quienes lo firmen de cara a los siguientes comicios, pero ha llegado el momento de poner los intereses del país por delante de los intereses de los partidos y para eso hay que dar un salto cuántico. O eso, o entramos en bucle y seguimos votando todos los años hasta que el país reviente. La física ha demostrado que nadie tiene la verdad absoluta y los resultados electorales sitúan a los negociadores ante el reto de dominar el caos.