14 agosto 2020
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Poli bueno y poli malo

11 jul 2020 / 03:00 H.

    A Pablo Iglesias no le gusta Felipe VI, no es su tipo y es un estorbo para sus aspiraciones. Además a él le van más los de verbo fácil y faltón tipo Echenique, o los errejones de moral para los demás.

    Para Iglesias, el Rey siempre será el ‘hijo de’, poseedor de derechos monárquicos por herencia y no por méritos, aunque como en el caso de Felipe VI estos sean más que probados y su conducta sea ejemplar.

    A Felipe VI le culpa por su padre, pero él no quiere ni oír hablar de la antigua pertenencia a banda terrorista del suyo. A él le protege Meritxel Batet, que no incluyó la acusación de Cayetana Álvarez de Toledo -’usted es hijo de un terrorista’- en el diario de sesiones, pero a Felipe VI nadie del Gobierno le auxilió cuando la portavoz de Bildu le llamó autoritario. Ahí Batet reclamó ‘respeto’ a la ‘libertad de expresión’. Por eso se sabe que a Pedro Sánchez tampoco le gusta Felipe VI.

    Y eso por mucho que en su libro ‘Manual de Resistencia’ el presidente del Gobierno abochornara a medio país desvelando intimidades sobre la supuesta relación de cordialidad que asegura que mantenía con el Rey. ‘Conectamos de forma especial, confiamos el uno en el otro y se estableció una relación muy franca’, le escribieron en su autobiografía con trazo de novela rosa.

    Todo lo contrario que lo que desvelaba el presidente en ese mismo libro sobre Pablo Iglesias: ‘No conseguimos superar la barrera de la desconfianza’. Y por eso en septiembre de 2019 le dijo a Antonio Ferreras que no dormiría tranquilo si pactara con inexpertos como los de Podemos y tampoco el 95% de los españoles. Pero las palabras de Sánchez se las lleva el viento y dos meses después le importaba un bledo cómo durmiéramos los demás mientras él lo hiciera en Moncloa y se daban el empalagoso abrazo a lo koala.

    A partir de ahí, con micrófono delante Pedro Sánchez ha ensalzado la figura del Rey, pero en sus gestos se ha dedicado a ningunearle, ignorarle o despreciarle. Si su relación con Felipe VI es ‘muy estrecha’, de “tú a tú” como aseguró hace unos días con la osadía de quien se ve a su mismo nivel, mejor para cualquiera marcar distancia con el presidente.

    Desde que llegó a Moncloa, Sánchez ha patentado los desplantes al Rey, empezando por la supresión de las visitas semanales a la Zarzuela, fijas con todos los presidentes anteriores; le obvió en la ronda de contactos con los partidos políticos; le ninguneó en la comunicación de su equipo de Gobierno; le excluyó en la Cumbre del Cambio Climático; le prohibió viajar ahora a Ceuta y Melilla... Y suma maleducadas impuntualidades y ausencias, como el desprecio que supuso que no asistiera al primer discurso de la Princesa Leonor.

    Al presidente no le gusta el Rey porque le hace sombra, por eso nunca le ha defendido cuando ha sido acosado por sus socios de Gobierno, y por eso calificó de “inquietante” y “perturbador” lo conocido del Rey Emérito. Al presidente, en cambio, le gusta Pablo Iglesias y por eso no entra en el inquietante y perturbardor “Caso Dina” porque, dice, “nunca he valorado procesos judiciales”. Para Juan Carlos I obvió en cambio la presunción de inocencia de los españoles ante la Ley.

    A Sánchez no le gusta Felipe VI y por eso aprovechó para abrir el debate sobre la inviolabilidad que la Constitución reconoce al Rey. Y como se lleva bien con Iglesias, el de Galapagar recibió el testigo y cuestionó la monarquía ante el silencio habitual del poli bueno Pedro Sánchez en este juego que se traen de compinches, en el que también atacan a los periodistas: uno siempre de palabra y el otro siempre de omisión.

    A Pablo Iglesias no le gusta Nadia Calviño porque le frena en sus desvaríos económicos. A Pedro Sánchez tampoco porque le abochornó con el freno a la pactada reforma laboral con Bildu. Y ‘casualmente’ cuando su elección depende de una votación muy ajustada, el presidente concede una entrevista días antes al Corriere della Sera para decir que jamás gobernaría en coalición con el PP y enfada al PP europeo, del que depende la Presidencia del Eurogrupo. Y la varita de la economía española vuelven a manejarla Pedro y Pablo y la culpa vuelve a ser del PP y al presidente del Eurogrupo ya le pueden llamar facha y ser víctimas de Bruselas. Nadia Calviño les estorbaba, como también les estorba Felipe VI. Habla Pablo, calla Pedro y ganan ambos. Y siempre, siempre, pierde España.