29 noviembre 2020
  • Hola

Poca sangre y mucha cara

    Si vamos a tener una reunión de la comunidad de vecinos y nos enteramos de que horas antes el presidente pacta con el del cuarto la cuota que va a pagar, ¿lo aguantamos? ¿O cuando se va a celebrar esa reunión, convocada con prisas y sin apenas orden del día, damos un puñetazo encima de la mesa, le montamos una bronca e incluso llegamos a levantarnos? Pero como tenemos el piso inundado y hay un sobre con dinero para repartir, nos callamos, agachamos la cabeza, y cuando llega el presidente con el del cuarto, sonreímos para la foto. Luego pensamos que a lo mejor el del cuarto consiguió el aparte porque se rebeló, lo mismo que ha hecho el del segundo, que no acudió y que seguro que aún con desplante no se va a quedar sin una voluminosa parte del dinero de ese sobre. Pero somos educados.

    Somos un país de gente en general leal y respetuosa, con una aguante inimaginable, que ahora mismo roza incluso la frialdad más absoluta, nada propia de un pueblo como el nuestro. Se vio durante el confinamiento, que aguantamos con una disciplina hercúlea; se ve con las mentiras sobre las cifras de muertes; o con el engaño sobre el comité de expertos; se vio con la manipulación informativa del confinamiento; o cuando nuestra gente combatía el COVID sin protección porque el Gobierno no había sido previsor... No nos inmutamos ya ni con los muertos, porque hace tiempo, desde marzo, que son cifras. Ni siquiera con que los pobres mayores que están en nuestras residencias vivan permanentemente amenazados, privados incluso de paseo o de visitas porque no hay plan. ¿Dónde está nuestra humanidad? ¿No han sufrido ya suficiente? ¿No les debemos algo? Antes no éramos así.

    Ayer el presidente del Gobierno hizo un aparte previo con el del cuarto, llamémoslo Urkullu, se presentaron luego los dos a la conferencia de presidentes y hubo “malestar” entre el resto, sin más. El presidente dio la poco tranquilizadora noticia de que él repartiría el dinero, expusieron uno por uno sus reivindicaciones, ya contadas en los días pasados desde sus comunidades, y regresaron a sus casas. Los presidentes no se llevaron de la reunión pautas sobre cómo será el reparto ni medidas para frenar al COVID. Sánchez les hizo ir hasta La Rioja para ofrecerles en privado el “aló presidente” de los sábados de confinamiento y con el tono paternalista del difunto Chávez les dijo que pusieran “máxima atención” en el ocio nocturno y en las celebraciones y les pidió “mucha serenidad”. Solo le faltó recordarles que se lavaran las manos, mantuvieran la distancia -no como sus señorías del Congreso cuando tienen que aplaudirle- y que llevaran mascarilla.

    Lo de ayer fue una tomadura de pelo más porque al presidente le da igual reírse de los ciudadanos que de los presidentes. Y como somos educados, aguantamos.

    Aguantamos que nuestra situación económica sea semejante a la de la Guerra Civil y que los millones de Europa no sean ya suficientes para paliar la brutal caída del PIB nacional.Y aguantamos que nuestro presidente nos diga que lo peor ya pasó y que fue culpa del COVID. Fue culpa del COVID, pero es suya que seamos el país europeo con un retroceso mayor, superior incluso al de Italia, con una estructura también volcada en el turismo. Y es culpa suya porque él fue quien ordenó un confinamiento prolongado en contra del criterio de su ministra de Economía. Es verdad que ella dijo en marzo que la crisis no iba a ser para tanto, pero también que dependería de la evolución y después de un duro debate interno, Sánchez rechazó la tesis de Calviño de mantener la actividad económica para abrazar el cierre total defendido por Pablo Iglesias. Y esa decisión nos trae ahora el descalabro.

    De momento, su única receta para salir de ésta es quitarles a los ayuntamientos sus ahorros... Y luego llegará la subida de impuestos. No hay medidas coordinadas contra el COVID porque si en marzo la prioridad era salvar la manifestación del 8-M ahora lo es el turismo, negar la segunda ola y no hay un plan real económico salvo que nos vayamos de vacaciones. Hasta entonces serán los jueces los que se encargarán de decirles a las comunidades qué pueden o no hacer en casos de rebrotes. ¿Para qué queremos un Gobierno? A unos nos falta sangre y a otro le sobra cara.

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