18 mayo 2021
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Pisto electoral

02 may 2021 / 03:00 H.

    Las campañas electorales constituyen la piedra de toque de todo candidato a lo que sea. De ahí el esmero con el que asesores, consejeros, aduladores y turiferarios en general se ponen manos a la obra cada vez que hay que catapultar a un aspirante hacia la victoria. Esto vale tanto para presidenciables de los distintos gobiernos como para representantes sindicales o rectores. Sin olvidar el morbo de los debates, donde no suele ventilarse nada decisivo a no ser que a alguno de los contendientes le traicionen los nervios y meta la pata. O que se supriman, visto el carajal madrileño.

    A uno se le ocurre pensar si toda esta parafernalia no estará diseñada para que los candidatos “se den pisto”. Tal vez este tipo de expresiones estén en desuso, pero eran efectivas en tiempos a la hora de describir determinadas actitudes: darse pisto, darse pote, darse aires, hacerse el/la interesante, es decir, darse importancia, hacer ostentación, presumir, alardear o pavonearse. Porque esa sensación es la que puede quedar cuando con un mínimo espíritu crítico se observa el desarrollo de cualquier campaña electoral preñada de mejor o peor retórica política. Las caravanas electorales, seguidas por enjambres de periodistas que trasladan el mensaje de oradores y teloneros constituyen el complemento de las arengas mitineras, las expresiones agresivas e impactantes o las descalificaciones que cada día elaboran o modifican los directores de campaña.

    Se va a votar en la Comunidad de Madrid. Allí se pugna por un liderazgo que va más allá de lo meramente territorial a juzgar por las marrullerías y por la carne que cada partido pone en el asador. Generalmente, y como siempre sucede, quienes acuden a los mítines de las distintas fuerzas contendientes suelen ser gentes entregadas, que siguen las arengas de turno, que asienten con fervor y aplauden con entusiasmo las consignas elaboradas precisamente para resaltar los momentos álgidos del discurso. Puede haber curiosos, claro está, que aguantan las filípicas por ver si sacan algo en claro y de este modo orientan el sentido de su voto, pero esta variedad es minoritaria. A veces, hacen acto de presencia robustos y vociferantes botarates revientamítines y sajapescuezos dispuestos a enturbiar la buena marcha del espectáculo y a chafarle la sesión al partido convocante. El argumento del adoquín (versión dura) o el huevo (versión soft) suele ser habitual en estos casos.

    Mención obligada ante cualquier convocatoria electoral es el papel que desempeñan las encuestas, epítome de la cada vez más dudosa ciencia demoscópica. Es como si una elemental prudencia, digna de las máximas de Gracián, impulsara al votante a ocultar lo que de verdad va a introducir en la urna, símbolo y paradigma de la gran ceremonia democrática. Pasado mañana se verá.

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