28 septiembre 2020
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Perspectiva

10 ago 2020 / 03:00 H.

    Resulta muy habitual, muy de nuestro tiempo, la banalización del término “histórico”, aplicado hoy a menudo, sobre todo en el ámbito político o periodístico, a cualquier acontecimiento más o menos raro o singular. Y, sin embargo, claro que sí, claro que hay acontecimientos verdaderamente “históricos”, es decir, capaces de marcar una época, de cerrar un periodo y de abrir otro, como algunos de los que tuvieron lugar hace ahora exactamente 75 años, que pusieron fin a la II Guerra Mundial y establecieron las bases de buena parte del mundo que hemos conocido desde entonces. El problema suele ser, sin embargo, de perspectiva, de distancia temporal. Ese carácter decisivo de un acontecimiento, su capacidad fundadora de un tiempo nuevo, no suele percibirse con claridad en el momento en el que se produce y mucho más a menudo se requiere tiempo para que pueda ser advertido. Nadie pudo imaginar, por ejemplo, en 1618 que la “defenestración de Praga”, cuando los miembros del Parlamento de Bohemia, descontentos de la política centralizadora del emperador Fernando II, arrojaron por la ventana a sus representantes, daría origen a la Guerra de los Treinta años, que acabó devastando la Europa Central y poniendo fin a la hegemonía española en el continente. Ni tampoco, por evocar hechos más cercanos, ningún miembro de aquella desgraciada unidad militar que en la mañana del domingo 19 de julio de 1936 proclamó el estado de guerra en Salamanca, a la salida de la misa de San Martín, pudo sospechar que sus disparos se convertirían en el inicio de la Guerra Civil Española en nuestra provincia.

    En muchos aspectos, esta sensación es la que tenemos al concluir la primera semana del mes de agosto del año 2020. Sabemos que estamos asistiendo a hechos de notable trascendencia, encadenados con otros que ya avanzaban en el mismo sentido, pero no podemos conocer aún hasta qué punto van a implicar un cambio general de situación. En otras palabras, si estos días merecerán en el futuro el calificativo de “históricos” o si, por el contrario, quedarán difuminados como unos cuantos más, y no los más relevantes, dentro de procesos generales de evolución histórica cuyo sentido último tampoco somos capaces ahora de percibir.

    Pensemos, en primer lugar, en la pandemia producida por el coronavirus. El número de contagios se ha disparado y parece crecer de nuevo exponencialmente. España, titulan los periódicos, vuelve a ser el país europeo con mayor número de personas infectadas. Algunas comunidades autónomas anuncian que sus hospitales empiezan a sufrir otra vez el “estrés” que hace pocos meses los llevó al colapso. En Salamanca, la semana comenzó con 0 rebrotes y termina, según los datos disponibles en el momento en el que escribo, con 14, los mapas de las zonas de salud empiezan a colorearse de amarillo y naranja y los ingresos en el Complejo Asistencial vuelven a aumentar. Sin embargo, ¿hacia dónde exactamente está evolucionando la situación? ¿Volveremos al confinamiento no tardando mucho, al menos en la versión que en estos momentos experimentan ya tres municipios de nuestra Comunidad Autónoma, y ahondaremos así en nuestra ruina económica y social? ¿O las medidas que están tomando las administraciones públicas permitirán controlar la situación y volver a la normalidad, aunque sea en la versión reducida que nos anunciaron semanas atrás?

    Y pensemos, cómo no, en la noticia de la semana: la salida de España, increíblemente secreta e increíblemente hacia paradero desconocido, del rey emérito, Juan Carlos I. Solo hay una certeza: la de la incompetencia abrumadora de quienes hayan planeado y ejecutado esta operación, que sin duda contribuirá a deteriorar no solo la estabilidad de la monarquía, sino lo que resulta muchísimo más importante, la de la España Constitucional, que nos ha permitido gozar del periodo -sin duda alguna- más brillante de toda nuestra historia política. Sin embargo, ¿en qué concluirá esta operación alucinante? ¿Resultará aún posible enmendar el rumbo? ¿Seremos capaces de discernir lo importante de lo accesorio y no poner patas arriba todo nuestro sistema de convivencia? ¿O, al revés, estamos ya ante el fin de una época de nuestra historia y en las vísperas de un nuevo periodo constituyente de discurrir imprevisible?

    No hay países más envidiables y prósperos que los más aburridos, aquellos en los que, aunque pasen cosas, propiamente “nunca pasa nada”. Tampoco hay agostos más dignos de añoranza que aquellos, no tan lejanos, en los que los periódicos, necesitados de llenar de contenido sus menguadas páginas, se dedicaban a especular sobre improbables fichajes de futbolistas de postín o acababan recurriendo a dar cuenta de la enésima reaparición del monstruo del Lago Ness. No estamos ahora, bien se ve, ni en ese espacio ni en ese tiempo. Solo cabe lamentarlo.