16 mayo 2022
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Palabras sacarina (y 2)

11 nov 2021 / 03:00 H.

    H ORDA, la reciente novela de Menéndez Salmón, da cuenta de un mundo en el que las palabras han acabado perdiendo su significado. Las distopías manejan su ficción, pero no son meras elucubraciones fantasiosas. Estrechan lazos con una realidad más auténtica y amenazante de lo que a veces creemos. Y el discurso político, desde luego, ejerce su protagonismo en ese reseñado secuestro del lenguaje. De tanto llevar el cántaro de la tergiversación a la fuente del rédito electoral, hay palabras que acaban quedándose afónicas.

    La columna anterior afrontaba un primer acercamiento a ciertos usos eufemísticos que frecuenta la política. Como los ejemplos son inagotables, resulta inevitable acotar. Y dado que nos habíamos detenido en los Gobiernos de Sánchez y Rajoy, hoy, por orden cronológico inverso, correspondería mirar a los Gobiernos de Zapatero y Aznar.

    Para esquivar el término crisis, Zapatero abrazó los más variopintos equilibrios: “la economía española ha entrado en esta legislatura en la Champions League de la economía mundial” (septiembre 2007), “tenemos alguna dificultad que nos viene de fuera” (febrero 2008) o, en un paso más del tirabuzón lingüístico, este “proceso de dificultades” ya permitía comprender que “una parte de la ciudadanía tenga percepción de crisis” (junio 2008). Para gustos, los colores, y para estafas... la perceptiva. Los juegos florales del engaño siempre son insaciables: “quizá España tenga el sistema financiero más sólido de la comunidad internacional” (septiembre 2008). Ya ven: quizá sí, quizá no. Pero la irrefutable evidencia hizo menos conjeturas.

    De Aznar optaré por entresacar un pestilente ejemplo: “Tengan muy claro que el Gobierno, y yo personalmente, ha autorizado contactos con el entorno del movimiento vasco de liberación” (noviembre 1998). Qué infame estropicio. Es comprensible que una panda de fanáticos se autodenomine así (“movimiento vasco de liberación”), no lo es que un presidente asuma esas trampas. Los etarras se presentaban a sí mismos como gudaris y libertadores, porque esa falsedad resulta más fotogénica que mostrarse como lo que eran: asesinos. Al igual que “el impuesto revolucionario” era siempre más vistoso que denominarlo con autenticidad: chantaje criminal, coacción sanguinaria a cambio de dinero. Las bombas lapa del lenguaje también hay que desactivarlas.

    En fin, cabría referirse a innumerables casos, ubicados a unos lados y otros del espectro ideológico. No hay espacio de momento para más, y acabaré con aquel clásico diálogo que nos dejó Lewis Carroll (Alicia a través del espejo): “Cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga”, plantea Humpty Dumpty. Alicia, entre sorprendida e indignada, no acierta a comprender tan caprichoso dictamen: “La cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes”. Y el personaje con forma de huevo zanja pronto el debate: “La cuestión es saber quién manda. Eso es todo”.

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