16 septiembre 2019
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Otros cardan la lana

14 jul 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

Voy a hacer referencia a algo relacionado con el título de esta sección opinativa: las merinas. Las churras, para otro día. La historia nos dice que durante cinco siglos la lana procedente de las ovejas merinas monopolizó los mercados europeos. Era una de las principales riquezas de España y su cotización en las lonjas internacionales daba una idea de la importancia de ese producto. Los beneficios alcanzaban a los grandes propietarios ganaderos, pero también a pastores, jornaleros, esquiladeros, lavaderos, carreteros, recueros y comerciantes en general, sin olvidar los marineros que sacaban buenos beneficios con los fletes desde los puertos de embarque de Santander y Bilbao, principalmente.

En el siglo XVIII España contaba con casi cuatro millones de cabezas trashumantes. Desde entonces, las cifras no han dejado de bajar. A mediados del siglo XX hicieron su aparición las fibras sintéticas baratas derivadas del petróleo u otras sustancias químicas: nilón, terlenka, crilenka, poliéster y acrílicos varios a precios asequibles. Ante esto, las ovejas de esta raza ancestral se cruzaron con otras foráneas con el fin de incrementar la producción cárnica, más rentable que la lana merina de toda la vida.

España contempló impasible cómo esa materia asociada a gloriosas épocas del pasado perdía valor. Los ganaderos apenas si lograban compensar el salario de los esquiladores. La lana dejó de interesar. Mientras tanto, otros países, como Nueva Zelanda, Australia o Argentina, generaban riqueza a partir de un ganado que antaño se enseñoreaba de nuestros puertos pirenaicos, dehesas y pastizales.

Pero las cosas van cambiando. Las fibras sintéticas están mal vistas. El algodón es ya menos rentable. En cambio, la lana comienza de nuevo a levantar cabeza. La mayor parte se lava y procesa en China, India, Turquía y otros países con mano de obra competitiva. La lana es un producto natural, suave, transpirable, aislante, de baja reacción alérgica y resistente a los olores, de elevada calidad y durabilidad. O sea, una buena opción económica de futuro.

En Australia se esquilan casi ochenta millones de ovejas. Aún se conserva como senda turística la Vieja Ruta de la Lana, que a mediados del XIX unía el interior de Nueva Gales del Sur con la costa próxima a Sydney. En Nueva Zelanda la lana y la carne suponen la segunda fuente de ingresos del país. Cada año se subasta el “Vellus Aureum” o vellón con la lana más fina que se haya podido encontrar. Con él se confecciona un único traje exclusivo y personalizado. Imagínense el precio y quién puede ser el afortunado portador. Pero lo verdaderamente impagable es el prestigio y la imagen de aquellos vellones que nuestras humildes abuelas cardaban, hilaban y tejían, ajenas a los vaivenes de los mercados internacionales.