10 diciembre 2019
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Otro 20-N

20 nov 2019 / 03:00 H.
Santiago Juanes
El bestiario

Mi yo castizo se viene arriba cuando escucha una banda, una tuna y algunas voces de los años cuarenta y cincuenta, que hoy ya localizo en tiendas de discos antiguos, como la de Serranos. Hoy, una banda puede con todo. La capitalina y municipal de Mario Vercher lo demuestra a la primera cita que se convoque en la Plaza Mayor, pero ojo a la de Villamayor, que mezclando edades ataca por igual un pasodoble, una obertura de zarzuela o una pieza sinfónica: el lunes, en el Casino, en la entrega de los premios de relatos intergeneracionales de LA GACETA, lo demostró y disparó el ánimo de la concurrencia, que volvió a tensar las costuras del histórico patio. La dirigió el maestro Joaquín Hernández Ferrús, que por ser valenciano lleva la música en su ADN y la de bandas corre por sus venas. Es catedrático de conservatorio y dirige una agrupación de edades muy variadas y una complejidad de instrumentos que sorprende en una banda, pero es lo que hay. La tuna también me dispara. Ya conté el sentimiento que me une a la femenina, que ayer le rondó al alcalde, Carlos García Carbayo, que el sábado no pudo estar en la Plaza Mayor como Enrique Cabero y un servidor por acudir a una reunión de Ciudades Patrimonio de la Humanidad. Pues se perdió, además de la ronda, el baile y la merienda. Cumple la tuna femenina un cuarto de siglo, así que no queda sino proclamar el gaudeamus igitur, o sea, el alegrémonos, pues. Anoche, Raquel Andueza y La Galiana interpretaron canciones de calle y de taberna de siglos atrás. El solemne Gaudeamus lo era también, no crea que todo lo que dice hoy era lo que se decía entonces. En aquel tiempo, el Gaudeamus tabernario y estudiantil entonaba vivas a “todas las vírgenes, fáciles y hermosas”, pero también a las mujeres “tiernas, buenas y trabajadoras”. Era más una canción de tuna, sopistas, que de coro de cámara.

El Gaudeamus tiene una historia apasionante, como este 20-N. Para muchos, la fecha recuerda lo que recuerda, y se olvida de que un 20-N (1758) nació el gran gastrónomo Grymond de la Reyniere, autor del “Manual de anfitriones y golosos”. También nació un día como de 1936 el gran escritor Don DeLillo, padre de “Ruido de fondo” y “Cosmopoli”; y la maravillosa soprano Bárbara Hendricks, que dos veces, dos, ha cantado en Salamanca, luciendo su voz e implicación con causas solidarias. Nació en 1949, antes que Do Dereck (1956), uno de los mitos eróticos de la Transición Española. Otros, como Tolstoi (1910), Javier Pradera (2011), cuya biografía acaba de publicarse, o nuestra Cayetana de Alba (2014) se nos fueron un día como hoy. Vaya. Día del Niño, el del avión de Casillas, por ejemplo, uno de los más conocidos del estatuario salmantino, pero ahí tenemos en el callejero al niño Juan Picornell, de memoria prodigiosa y durísima vida, que terminó en Cuba. Hay una casa de niños de coro y la sede central del Archivo de la Guerra Civil era casa de expósitos. En la Casa de las Viejas, los fondos de la Filmoteca Regional guardan imágenes del siglo XX de niños que estremecen por la pobreza que arrastran y la tristeza de sus ojos. Este 20 de noviembre es el Día del Niño y tengo la impresión de que el 20-N ya no es lo que era y cada vez lo será menos, aunque prohibir conciertos con repertorio musical de la Guerra Civil de ambos bandos, no ayuda. Pero, ánimo, otro 20-N es posible.