29 noviembre 2021
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Omella y la mitra de Ciudad Rodrigo

23 nov 2021 / 03:00 H.

    El mismo día que se anunciaba la unión de las mitras de Salamanca y Ciudad Rodrigo en la cabeza del hasta ahora obispo de Plasencia, el cardenal Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), reconocía y pedía perdón por “nuestra falta de testimonio e incoherencias, por nuestras divisiones y falta de pasión evangelizadora”, lo que según el propio cardenal contribuía “no sin escándalo, a la desafección y a la falta de confianza en la jerarquía, en la propia Iglesia”,” Sorprende que quien ha detectado el problema, se equivoque en las soluciones y contribuya a prolongarlo. Pero así ha sido, en el caso de Ciudad Rodrigo. Y no será porque el cardenal Omella no tuviera la información que se le hizo llegar -y por varios conductos- desde Ciudad Rodrigo, entrevista personal con el alcalde incluida. Pura retórica la del cardenal.

    El cardenal hacía esas declaraciones el mismo día en que se inauguraba la asamblea de la CEE, en la que participan todos los prelados españoles. Es eso, la participación, lo que da sentido a una asamblea. Porque es una incoherencia y va en contra del último Concilio y de la doctrina actual de la Iglesia, impedir la participación del pueblo diocesano en decisiones tan trascendentales que afectan a todo un territorio, a su pasado histórico, sí, pero también a su presente y a su futuro, como el dejar de tener obispo propio y exclusivo a una diócesis que tiene una antigüedad de 860 años.

    El propio término “Iglesia” (del latín ecclesia y este, a su vez, del griego ἐκκλησία), tiene el significado de reunión y, por tanto, de participación de los miembros de una comunidad. Pero eso no se ha aplicado en Ciudad Rodrigo, donde no solamente no se han atendido los ruegos de la gente, sino que, incluso, desde la propia jerarquía eclesiástica, se impuso al clero y las instituciones de vida consagrada y diocesana, una ley del silencio cercana a la omertá. El cardenal Omella y la jerarquía eclesiástica que han adoptado esta trágica y errónea decisión sobre Ciudad Rodrigo, deberían aplicarse su propia doctrina y sus propias palabras. Porque, en efecto, sus incoherencias y su falta de pasión -y de visión- evangelizadora, con un territorio pobre, despoblado y periférico, supone un auténtico escándalo, que contribuirá a aumentar la desafección y la falta de confianza en la propia jerarquía eclesiástica.

    Todo este recorrido estaba diseñado desde hace más de un año por la cúpula de la CEE, aprovechando la viudedad diocesana o situación de sede vacante. Consciente de que la sumisión no podía consumarse sin el engaño, el uso de la fuerza o de la sinrazón, la CEE dispuso toda una estrategia, con su particular caballo de Troya, alojado en el palacio episcopal. Y la maquinaria se puso en marcha con un golpe de efecto: acallar las voces internas discrepantes que manifestaban su opinión al grito de ¡Surge civitas! En anteriores ocasiones, la unión del clero y de la sociedad civil pudo detener el asalto. Y los jerarcas lo sabían. Por eso, debilitando a una de las partes -imponiendo la omertá en el clero- sería mucho más fácil el éxito de la empresa, aunque esta estuviera revestida de felonía y de traición. Ahí radica el mérito de los que han entregado la mitra de Ciudad Rodrigo por treinta cerezas del valle del Jerte. Porque nadie se engañe, el siguiente paso en la diseñada estrategia es la absorción de la diócesis pequeña por la grande. Por cierto, ¿fue un lapsus linguae o le traicionó el subconsciente al nuevo prelado cuando sus primeras palabras fueron: “El Santo Padre me ha nombrado obispo de la diócesis de Ciudad Rodrigo y Salamanca”, en lugar de decir: “de las diócesis”?

    ¿Por qué desatar tanto dolor, tanto revuelo y tanta incomprensión en la gente de Ciudad Rodrigo, su tierra y obispado? Nadie se cree que la CEE pretenda mantener en el tiempo dos estructuras diocesanas, para sólo ahorrarse un cargo y un sueldo. ¿Qué mejora y eficacia se obtiene con un solo obispo si lo demás sigue igual, como ha cacareado el coro? Al igual que los soldados echaron suertes y se repartieron las ropas de Cristo (Juan 19:23-24), todo parece apuntar a que los nuevos jerarcas tienen programado y decidido repartirse el botín civitatense. Cuestión de tiempo.

    Tan drástica medida no les va a salir gratis. Su presidente, el cardenal Omella, debe saberlo, pues es consciente de que “las incoherencias provocan desafecciones”. Aun así, en Ciudad Rodrigo han optado por cobrarse y repartirse una institución secular como es la diócesis:“Y tomaron todo el despojo, y toda la presa” (Números, 31:11). La cúpula episcopal española ha hecho toda una apuesta por la Iglesia del centralismo y ha dejado huérfana a la Iglesia de las periferias. Es una decisión arriesgada y equivocada, además de traumática.

    “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

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