01 diciembre 2020
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Nueve inmigrantes, setenta personas

    Hace algunos meses, Philip Alston visitó un asentamiento de trabajadores agrícolas extranjeros en el campo de Huelva para elaborar un informe de Naciones Unidas sobre pobreza extrema. En él denunció que vivieran como animales, peor que en campos de refugiados, rivalizando con las peores condiciones contempladas en otros lugares del mundo. Algunos medios ironizaron sobre sus conclusiones, cuestionando que España acogiese en su suelo tanta miseria. La noticia se disolvió como un azucarillo en un vaso de agua, pero la crisis sanitaria ha hecho que el asunto retorne a la primera plana de los periódicos.

    “Cientos de inmigrantes siembran el pánico en Albacete en plena ola de rebrotes”, proclamaba hace pocos días un digital de cuyo nombre no quiero acordarme. Se trataba de un grupo de jornaleros extranjeros que, sometidos a cuarentena, desafiaron el confinamiento para denunciar su deplorable situación social. El campo español necesita cada año unos 150.000 temporeros, pero son muy pocos los trabajadores nacionales que se dedican a estos menesteres. Débil memoria la de un país de emigrantes, como el nuestro.

    Los inmigrantes han permitido que nuestros comercios estuvieran bien abastecidos. Son trabajadores esenciales. Con papeles, el inmigrante asume las condiciones que los españoles rechazan. Sin papeles, acepta cualquier cosa que le ayude a sobrevivir en régimen de semiesclavitud, hacinado en una chabola sin agua ni luz o, incluso, durmiendo en la calle. Mal asunto si amenaza la pandemia, porque aquí no hay teletrabajo, ni te puedes acoger a un ERTE; porque no hay distancia social, ni mascarilla, ni hidrogel, ni tarjeta sanitaria. Mal asunto, porque muchos creen que vienen a robar el pan a los españoles y se lo llevan crudo en forma de subvenciones, como si no contribuyeran a la economía del país y no pagasen impuestos.

    Nuestra sociedad estigmatiza al pobre, aún más si es extranjero, y vierte todo su odio sobre él porque constituye la perfecta representación de nuestros peores temores. Regresemos al agro. Nadie parece hacer nada para que el agricultor obtenga una justa remuneración por sus productos. ¿Tampoco nadie va a mover un dedo para garantizar que todos los empresarios del campo garanticen unas condiciones mínimas a sus trabajadores? Si no se hace por humanidad, que al menos se haga por razones de salud pública.

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