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Caía en viernes. Muchas familias estábamos en mitad de la cena cuando Pedro Sánchez compareció para avanzar el estado de alarma por “un máximo de 15 días”.

En Salamanca solo se habían diagnosticado por entonces 11 positivos por coronavirus y ya estábamos aterrorizados. Después de esos 15 días los diagnosticados -sin apenas medios- superaban el millar y los muertos alcanzaban ya el centenar. Iban a ser más de 15 días. Estaba claro.

Justo esta semana se cumplieron tres años de aquel punto y aparte en nuestras vidas. El confinamiento fue como las bodas: al final todas son iguales, pero cada uno vivimos la nuestra como si fuera única.

Por mucho tiempo que pase no vamos a olvidar determinadas sensaciones. Algunas angustiosas -los mensajes de ‘se ha muerto mengano’-, algunas ridículas -los litros de lejía gastados para limpiar la compra- y otras, aunque sea incorrecto decirlo en un contexto de desgracias, incluso entrañables.

Aquel mes inventamos las ‘vinollamadas’ para sobrevivir socialmente. Quedábamos con los amigos para cenar a través de videoconferencia y los niños normalizaban la situación de una forma admirable.

Hicimos más deporte enjaulados que cuando teníamos libertad. Rescatamos chándales de hace décadas y nos dedicamos a dar saltos en el salón o hacer pesas con los brick de leche.

Afloró el panadero que llevamos dentro. Descubrimos la acidez de la masa madre y la pusimos a dormir a los pies de la cama para ver si crecía con nuestro calor.

Nos pusimos muy pesados con nuestros mayores. “No se os ocurra salir. Ya os hago yo la compra”, pero hacer la compra por internet y pedir que te la llevaran a casa tenía más demora que la lista de espera del Hospital. No quedaba más remedio que salir de casa, pero entrábamos en el supermercado como quien cruza un campo de minas: con cautela de no tocar más de lo necesario, en silencio y guardando la distancia.

Íbamos de pasillo en pasillo con la esperanza de no encontrarlo arrasado. Primero el papel higiénico -gran servicio hicieron las servilletas de mesa-, luego el gel hidroalcohólico, más adelante los guantes de látex... Con el paso de las semanas el furor cambió de pasillos y empezó a cotizar al alza la levadura, la harina de fuerza y la cerveza.

Al llegar a casa poníamos a orear las bolsas y le dábamos una manita de lejía a los envases. ¡Qué cosas hacíamos! ¡Qué cosas asumimos!

Respetamos a pies juntillas los checkpoint, como si moverse de Salamanca a Villares fuera cruzar el muro de Berlín.

A duras penas nos apañamos para explicarles a nuestros hijos que esa señora que paseaba al perro durante horas sí podía salir a la calle, pero ellos debían seguir encerrados por culpa de su habilidad humana de defecar en el baño en lugar de hacerlo en el suelo.

También tragamos con la norma de que, cuando al fin se permitiera salir a los pequeños, solo podían estar acompañados de un adulto, así que papá y mamá debían turnarse. ¡Y solo en determinadas horas, para no cruzarse con los viejecitos!

Fueron tiempos de división: los que cumplían y los que pasaban de todo. Tiempos de miradas reprobatorias a los que te hablaban demasiado cerca, a los padres con niños mayores de seis años pero que no se ponían mascarilla ‘porque al pobre le molesta’, o a los que usaban la mascarilla con válvula y expelían más mierda que una locomotora de vapor.

Se apagaron los aplausos de las 20:00, se rayó el ‘Resistiré’ y mi sensación es que no salimos más fuertes, pero salimos. Otros 2.700 salmantinos no lo lograron.

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