22 junio 2019
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Nuestra señora de París

17 abr 2019 / 03:00 H.
Esther Vaquero
500 palabras

De niña tuve la suerte de jugar en un patio de colegio con vistas privilegiadas: el del Virgen de la Vega. Desde el Teso de la Feria veía cada mañana las dos torres de nuestras Catedrales mirándome frente a frente, alzándose bellas e imponentes, haciéndome sentir aún más pequeña de lo que ya era. Cuántas vidas habrán visto pasar ante sí, pensaba. Cuántas, desde que la Catedral Vieja comenzó a erigirse en 1120. Cuántas celebraciones y desgracias habrán presenciado esos pilares y bóvedas. Desde el terremoto de Lisboa en 1755 que la dejó marcada y ligeramente inclinada para siempre, hasta la instalación frente a ella del primer cuartel general de Franco durante la Guerra Civil, en lo que hoy es el Palacio Episcopal. Incluso algún rayo quiso amenazar con llevársela por delante en 1705, aunque no lo consiguió.

Viendo las llamas devorar ayer la cubierta de la catedral de París, a todos los amantes del Arte y de la Historia se nos ha encogido el corazón. Notre Dame comparte con la de Salamanca parte de su estilo gótico y el siglo de construcción: empezó a erigirse 40 años después, en 1163. Y se encumbró a la categoría de celebridad mundial no sólo por ser el escenario de la novela de Víctor Hugo “Nuestra Señora de París”, con su famoso jorobado. En sus más de 8 siglos ha acogido la coronación de Enrique VI de Inglaterra o la de Napoleón Bonaparte y su mujer Josefina como emperadores de Francia. También la beatificación de Juana de Arco.

Ella, que se ha ganado por derecho propio ser el corazón del corazón parisino, ha resistido en ocho siglos a las guerras de religión, a la Revolución Francesa, a la comuna parisina y a dos guerras mundiales. También a los asedios y a los saqueos. El mismísimo Hitler quiso hacerla volar por los aires cuando se vio acorralado en 1944. Pero por suerte, no pudo. Ahora, un andamio podría haber provocado el desastre que Hitler soñó.

En sólo una hora cayeron al suelo 800 años de historia. Las vidrieras explotaron al contacto con el calor y el silencio se hizo en la isla de la Cité. Ya sólo se oían las sirenas de los bomberos y la Gendarmería. “Notre Drame” (nuestro drama) ha titulado con mucho tino el diario Libèration. Porque viendo las imágenes, parecía como si el infierno mismo estuviese dentro de la Catedral.

Ahora sólo queda esperar que el profundo sentimiento que despierta este icónico monumento sea capaz de levantarlo otra vez. Que la imagen de destrucción que hemos presenciado quede en un mal sueño. Y que aunque haya provocado ya pérdidas irreparables, ese fuego sea el símbolo de que los hombres somos capaces de caer para volver a levantarnos. Una y otra vez. Incluidas las más sublimes obras de arte que somos capaces de crear. Incluida Notre Dame.