16 octubre 2019
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Nos vemos el 10-N

18 sep 2019 / 03:00 H.
Juan Antonio García Iglesias
Visto desde fuera

Se acabaron las fiestas, bien, ¿y ahora? Pues ahora a apechugar la actualidad a palo seco, es decir, sin nada que nos entretenga que no sea la política pura y dura a la espera de que según pase el tiempo se vayan agotando los plazos y aclarándose el camino todavía por recorrer, que a día de hoy malamente se ve, tan malamente que apenas se distingue.

Nos vuelven a acribillar a encuestas que lejos de aclararnos el panorama nos lo complican más. Cada una va a lo que va, que es a crear un estímulo favorable a los intereses de quienes las hacen, encargan y pagan. Que si elecciones, que si no elecciones, que si Gobierno de coalición, que si de no coalición..., divagaciones a expensas de lo que se le ocurra según sople el viento en ese momento a quien en sus manos está decidir qué hacer, cómo hacerlo y cuándo, posiblemente a hora límite, ya sin tiempo para reaccionar.

Ese momento llegó y el panorama que se nos presenta en las urnas lo aclararemos el 10 de noviembre. Hasta entonces tenemos tiempo suficiente para aclarar ideas y allanar el camino a unas elecciones que considero el mal menor de todos los posibles, entre un Gobierno de coalición o de no coalición pero con Sánchez de presidente a merced de sus “aliados”, que irían a lo suyo sin rodeos, o unas elecciones, que a saber qué puede salir de ellas. Nadie las quería. Hablaban, comentaban, pero ninguno era sincero, la verdad los saca de quicio y no hay mejor remedio a este mal que engañarse a sí mismos para tratar de engañar a los demás. Vivir de espaldas a la verdad les da tranquilidad y esta tranquilidad les proporciona aliento que, sin base que lo sustente, les ayuda a salir del trance aunque sea a trompicones. El caso es no asumir el parón político, ni la responsabilidad que les corresponde, porque todos en alguna medida son culpables de este caos, en el que buscan amparo y lo encuentran, por eso no tienen prisas.

Hablar de política es repetirse y procuraré repetirme lo menos posible. En plena ronda de contactos del Rey con los partidos andaba la vorágine que no paraba, aunque sin avanzar, dando vueltas y vueltas sobre sí misma, mareando la perdiz como único pasatiempo. Sánchez es el problema, decía Iglesias, y es cierto, pero el suyo, que es parte de otro problema mayor, problema que engloba a todos, siendo por eso de muy complicado remedio, porque cada partido lleva dentro el suyo particular que entre todos suman otras tantas trabas a cualquier intento de solución, que de hecho ni se intenta.

El presidente de la Xunta, Núñez Feijóo, en una entrevista publicada el pasado domingo en ABC dijo que: Si no tuviésemos una serie de políticos adolescentes a los que les hemos dado un Ferrari [refiriéndose a España] de 47 millones de pasajeros [es decir, de españoles] y están a punto de estrellarlo, si tuviésemos hombres de Estado, estoy seguro que podría haber un Gobierno de coalición. Tiene razón Feijóo, que conoce el problema al no ser ajeno a él como político en activo. Habló quien por razones de edad no es adolescente, entonces ¿qué es, hombre de Estado? Pues no se nota que lo sea, porque si algo se entresaca (aunque no lo especifique) de lo dicho por Feijóo es la mediocridad que domina la casta política, que una vez instalada no hay quien la mueva. Josep Pla dijo que la mediocridad era “irrompible” y es cierto. La mediocridad es como la roña, que una vez que se incrusta no se quita por mucho estropajo que le metan, cuestión de higiene, siendo ésta la naturaleza del problema, que allá donde se rasque es roña lo que sale. Por eso sorprendió la inesperada pirueta de Rivera que dejaba a Sánchez sin argumentos cara a su investidura, si había lugar, que no lo hay. No se hizo esperar la respuesta del aspirante a seguir holgazaneando en La Moncloa al desafío del líder naranja que le trastocó su reposo, con un “no” fulminante al amparo de unos razonamientos que para Rivera fueron “una tomadura de pelo”, para al final volver a las urnas el 10-N. Que sea lo que el pueblo soberano quiera o le digan.