25 agosto 2019
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No se fíen de los debates

16 may 2019 / 03:00 H.

Ha habido que esperar 24 años para ver el segundo debate electoral entre candidatos a la Presidencia de la Junta de Castilla y León. El único registrado hasta hace dos días lo protagonizaron Juan José Lucas (PP), Jesús Quijano (PSOE) y Antonio Herreros (IU). En aquel 1994, la celebración de esa pugna fue una concesión, un regalo del magnánimo político soriano, cuya victoria aplastante en los comicios no estaba en peligro ni aunque hubiera perdido doce debates por doce goles a cero.

A Juan Vicente Herrera, un hombre de profundas convicciones democráticas, siempre le pedía el cuerpo debatir, pero siendo un asceta de la política, nunca quiso darse ese gusto. Así que legislatura tras legislatura rehuía el combate, bien por pereza, bien porque no tenía nada que ganar o bien porque su consideración por los ciudadanos era la que era en este asunto.

Ahora estamos en un tiempo político muy diferente, con un panorama electoral reñido, apretado y sin posibles mayorías absolutas a la vista. A la vez, tenemos en el PP un candidato muy distinto, Alfonso Fernández Mañueco, que viene de unas primarias y no del tradicional dedazo pepero. Y al mismo tiempo el espectro se ha abierto a otros dos partidos recién llegados (me refiero a Ciudadanos y Vox, porque Podemos viene a ser lo más parecido al comunismo de Izquierda Unida, con un baño de chavismo bolivariano).

A los de Vox ni les invitan ni maldita la gana que tienen de acudir a ningún debate, porque el nivel de sus candidatos en Castilla y León da para lo que da, que es esconderse y evitar cualquier exposición pública que ponga al descubierto sus limitaciones.

De esta forma pudimos asistir el martes al primero de los dos debates a cuatro bandas previstos en esta campaña. Vamos, que durante 36 años de autonomía hemos tenido uno, y ahora en cuestión de una semana celebramos dos. No tenemos mesura ni proporción.

El debate fue entretenido y tanto Mañueco como Luis Tudanca, Francisco Igea y Pablo Fernández demostraron dominio del asunto y de la situación. El más flojo, de lejos, fue el candidato socialista, que decayó en insulso de tanto institucional. Y lo más sorprendente fue la virulencia de los ataques del naranja al popular. En una competición a tres bandas junto a PSOE y Podemos, el de Cs destacó por la dureza de sus críticas a Mañueco, que le devolvió con contundencia algunos de sus reproches más ácidos.

Por un momento parecía como si Igea no perteneciera a Ciudadanos, el partido que ha estado apoyando al Gobierno de Herrera de forma activa y pasiva (mucho más de lo segundo que de lo primero) durante los últimos cuatro años. Y no solo era el candidato naranja el que parecía haberse olvidado: es que ninguno de sus tres rivales tuvo el acierto de recordárselo.

Hay quien interpreta la saña de Igea con Mañueco como un signo evidente de que Cs se arrojará en brazos de Tudanca al día siguiente de las elecciones, si la suma de escaños les da mayoría (que no lo tienen nada fácil). Yo entiendo que se trata de una estrategia de campaña, muy lícita, que solo pretende comerle terreno al PP, arañarle votos como sea, para después negociar a la vista de los resultados del 26-M. Si Mañueco saca más escaños que Tudanca, siendo el candidato del PSOE un sanchista de tomo y lomo, Igea tendrá que hacer de tripas corazón y abrazar a su odiado Mañueco.

Tras el debate, en el que Mañueco consiguió esquivar los golpes lanzados por sus tres oponentes, el resultado sigue siendo incierto. No hay encuestas fiables en Castilla y León y las que se han hecho en semanas anteriores no recogen un fenómeno que puede resultar decisivo: la decepción de los simpatizantes de Vox tras tirar a la basura su voto en las generales. La vuelta al PP de esas papeletas descarriadas puede arruinar ese panorama tan favorable al PSOE que dibujan los sondeos a nivel nacional. Habrá que esperar. Porque los futuros pactos, que serán la clave de la Junta, ni se negocian ni se desvelan en los debates.