19 septiembre 2020
  • Hola

No disientan

03 ago 2020 / 03:00 H.

    No discutiré el discreto encanto de la rebeldía en la vida cotidiana. Ser rebelde, o parecerlo, mola. Para justificar esta aserción me apoyaré en algunos ejemplos traídos de la música popular española. Hace casi 50 años las simpatías hacia Jeannette se vinculaban directamente con una canción suya (‘Soy rebelde’) que parecía una declaración de disidencia y que, por ello mismo, muchos asociaron a la situación política de España en los primeros 70 del siglo pasado (en realidad, los autores de la canción fueron Manuel Alejandro y Rafael Trabucchelli).

    Ser rebelde, o parecerlo, mola. En su versión más suave: ser diferente, o parecerlo, mola. Se supone que comportarse de una forma previsible es signo de acomodación, y que la acomodación implica aburrimiento, monotonía, incluso tedio o fracaso. Recuerde usted aquel episodio intrigante narrado en una canción de Los Secretos, ‘Ojos de gata’, en que el cantante, Enrique Urquijo, relaciona un revés amoroso con el triste hecho de que, fuera del escenario es solamente “un chaval ordinario” (empleo ‘ordinario’ con el sentido de “común, regular, que sucede habitualmente”). Lo predecible, lo normal, son conceptos asociados también al fiasco.

    Bueno, no siempre. La faceta canalla (aparente o real) de Joaquín Sabina forma parte de su imagen, indiscutiblemente popular por otra parte. Pues bien, en una de sus más conocidas canciones (‘La del pirata cojo’) muestra su fantástico deseo de ser Al Capone en Chicago, legionario en Melilla, mercader en Damasco, costalero en Sevilla, negro en Nueva Orleans, viejo verde en Sodoma... Obsérvese que en este caso la rebeldía no viene tanto de lo inesperado (ser negro en Nueva Orleans no lo es) como de lo pintoresco (querer ser negro en Nueva Orleans o viejo verde en Sodoma sí es sorprendente).

    El caso es que ser normal suele ser insuficiente para disfrutar del éxito social. Es comprensible, desde luego: buena parte de los grandes progresos humanos (en ciencia, en literatura, en pintura, en música...) se asignan a gentes poco previsibles, contrarias a aceptar como normal lo que es simplemente consabido o aceptable para los demás. El lema de estas personas, cada una de ellas en su parcela del saber o del hacer, es “disiento”.

    No siempre: prudentemente pido a quienes tienen la discrepancia como modelo, que desactiven su modo de conducta normal para utilizar la mascarilla, para lavarse las manos, para respetar las distancias. Por favor, ahora no disientan (o no disientan demasiado). Pupa.