30 marzo 2020
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Nada está asegurado

23 mar 2020 / 03:00 H.
Pablo Montes
Sin tapujos

Pensamos que todo estaba asegurado. Nuestra vida tranquila, el tapeo de los fines de semana, el gimnasio y la piscina, salir los domingos a la Sierra, quejarnos porque el contenedor está demasiado lejos, internet, el cine, el teatro... y hasta incluso el trabajo. Cada uno con sus problemas más o menos banales y con las preocupaciones propias del primer mundo, sabíamos que había cosas que jamás nos iban a arrebatar. Nos importaba un comino que en África estuvieran sobreviviendo con lo puesto. Ocurre a la vuelta a la esquina, pero nuestra burbuja infranqueable no iba a permitir semejante caída al fango.

La crisis de 2008 fue un aviso de que todo se podía venir abajo, pero ya nos parece que fue un mal sueño pasado del que aprendimos poco o nada. Sin embargo ha sucedido. De la noche a la mañana todo se ha desmoronado como un castillo de naipes. Nuestro estilo de vida occidental que pasa por parar poco en casa y pisar mucho la calle. Y podía ser mucho peor. Porque nos quejamos de estar encerrados entre cuatro paredes, pero podemos considerarnos muy afortunados. Tenemos un acceso a internet que es una ventana al mundo que hace dos décadas no hubiésemos imaginado tener. Podemos ir al supermercado donde, lejos de que haya desabastecimiento, tenemos todos los productos imaginables a nuestra disposición. Hasta es posible darse el capricho de hacer una mariscada casera. Podemos pasear al perro los que lo tengan. Ir a la farmacia, e incluso al trabajo. Tenemos más de lo necesario para sobrevivir, pero eso no es suficiente para una sociedad que lo tenía todo.

Dicen que esta pandemia nos va a hacer cambiar como personas. Establecer otras prioridades en la vida. Puede ser. Si esto queda como una pesadilla pasada, volveremos a las andadas. Sin embargo tendremos clara una cosa: nada, absolutamente nada de lo que tenemos está asegurado. Y no hace falta que estalle la tercera Guerra Mundial. Es suficiente con un virus cabrón para tirarlo todo por tierra. Volveremos a la vida ‘lujosa’, pero algo en nuestra mente nos dirá que la burbuja es frágil. Puede romperse en el momento más inesperado. Eso acojona, pero ayuda a crecer como persona.

En días donde tirar la basura es un soplo de aire fresco aunque la bolsa huela a rayos. Donde tu casa se convierte en aula, centro de trabajo, gimnasio y taller de manualidades al mismo tiempo. Donde los españolitos hacemos a las 20:00 horas por una vez algo a la vez. Donde te encuentras cada mañana el mismo sitio para aparcar junto a tu trabajo. En días así el mal de muchos no es consuelo de tontos. Los que hay que se quejan porque no pueden controlar a sus niños, pero tienen una casa con jardín. Otros están recluidos en 30 metros cuadrados. Los hay que se lamentan porque no pueden salir a correr como hacían diariamente, otros no tienen ni puñetera idea de cuándo volverán a tener un ingreso de un negocio al que han echado el cierre. Los hay que se indignan porque tienen que aguantar con un dolor de muelas, pero otros están muriendo sin opción a una despedida digna. Esta pandemia nos iguala. Todos, ricos y pobres estamos entre cuatro paredes (algunas más grandes que otras, eso sí). Incluso los que tengan asegurado su trabajo y su fortuna no se libran de la cara más cruel del COVID-19: la muerte. Y si no que se lo digan al Marqués de Griñón.

Aunque nos esperan los días más duros, con más infectados, más muerte e incluso medidas más duras de confinamiento, no podemos quejarnos ni llorar. Nuestra fortaleza y responsabilidad es la clave para salir de esta. Lo comenté hace una semana en este mismo artículo, no podemos esperar que un Gobierno desnortado nos saque de atolladero. Somos nosotros. Hasta ahora la mayoría ha sido responsable, pero sigue habiendo algunos excrementos que se piensan que por salir a correr o a pasear no pasa nada. Otros que sacan a las 9 al perro, a las 10 van a por el pan, a las 11 al supermercado y a las 12, a la farmacia. Son los menos, pero no nos podemos permitir que cuatro den al traste con el esfuerzo de tantos. Fuerza y ánimo.