04 abril 2020
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Nacionalismos descerebrados

27 oct 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

El pasado martes el presidente de la Comisión Europea pronunció su discurso de despedida. En él volvió Juncker a referirse una vez más a los efectos perniciosos de los nacionalismos en Europa. Este hombre, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, finalizó sus palabras ante la Eurocámara exhortando a sus miembros a combatir los “nacionalismos estúpidos” que proliferan en el entorno europeo. Ya en varias ocasiones había advertido acerca de los peligros de la peste nacionalista. Incluso lo dijo con claridad y contundencia en nuestro Paraninfo en el discurso de investidura. También Nietzsche, mucho tiempo atrás, había tildado al nacionalismo de neurosis europea, y acusaba a los alemanes de haber sustituido la cultura por la locura nacionalista.

Por lo que respecta a la neurosis específicamente catalana, hemos de recordar que los sentimientos nacionalistas de los catalanes se vieron alentados desde una literatura que ensalzaba pasadas grandezas y gloriosos momentos de la identidad nacional. La primera novela supuestamente histórica escrita en catalán aparece en 1862 y es obra de Antoni Bofarull. Su título, “L’orfeneta de Menàrguens”. El argumento se sitúa en 1410, cuando tras la muerte de Martín el Humano se firmó el compromiso de Caspe. Un tío del autor, Próspero Bofarull, fue uno de los líderes del anexionismo catalano-aragonés y manipulador falsario de muchos de los datos y documentos del Archivo de la Corona de Aragón, del que este sujeto fue desleal custodio. La sensibilidad catalanista se enfebreció por esas mismas fechas con otra novela de Francesc-Pelagi Briz en torno a la Guerra de Sucesión de 1714.

Recordaba una anciana, casi única habitante de un pueblo próximo al mío, las coplas y romances que se recitaban al amor de la lumbre en los largos inviernos de calechos y filandones. Eran ejemplos de la tradición popular que ella había heredado de sus padres y estos de los suyos, y que se remontarían, según mis cálculos, a los tiempos de las guerras carlistas del XIX. Los últimos versos de una de esas muestras de la tradición popular decían: “Unos piden monarquía / y otros república claman, / y otros un rey ausoluto [sic] / y otros que haya bullanga / para subirse al poder / y despacharse a sus anchas”. Siglo y medio después, estamos donde estamos, asediados por parecidos nacionalismos apestosos, cerriles y arriscados. La coplilla, que es mucho más larga, concluía así: “Pobre España, que pudiendo ser feliz, / siempre será desgraciada”.

Confiemos en que el fatalismo del mensaje no se cumpla por culpa de unos cuantos políticos irresponsables a los que hay que poner freno y mandar a la sombra. Y encima, los chinos postizos de Hong Kong se solidarizan con los alborotadores catalanes y agitan esteladas. Lo que hay que ver...