16 octubre 2019
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Mujeres de ciencia

17 sep 2019 / 03:00 H.
Rosalía Sánchez
De larga distancia

El pasado verano, la empresa francesa Idemia hubo de reconocer un defecto en su software de reconocimiento facial que va a costarle millones y que obligará a invertir más tiempo en su desarrollo. Mientras que los rostros masculinos eran identificados sin incidencias, en los de mujeres había un fallo en cada 10.000 procesos, que se elevaba a uno de cada 1.000 en el caso de mujeres negras. La causa, según la directiva, era el sesgo de los ingenieros que desarrollaban el producto, todos ellos hombres blancos, y la empresa se lanzó a la contratación de ingenieras con las que remendar el proyecto, para encontrarse con una gran escasez en el mercado. El sector IT y la industria de predicción de conductas están siendo los primeros en cuantificar en millones de euros lo mucho que pierde nuestra sociedad al desperdiciar el talento de las mujeres y se preguntan cómo incentivarlas hacia las carreras de Ciencias. Pero resulta que a las científicas les horrorizan medidas como el planteado año académico gratuito solo para chicas y guardan una aséptica distancia con lo que conocemos por ideología de género. Hablan un lenguaje alejado del que emplean los políticos y se felicitan por el ya obvio cambio social sobre el papel de la mujer sin por ello lanzarse con agresividad contra el género masculino. Más que regulaciones y cuotas, reclaman que la sociedad sea consecuente con los hechos. Lo he podido constatar en una tertulia de chicas extraordinarias (de mayor quiero ser como ellas) que participaban en un panel de Iberdrola sobre cómo interesar a las jóvenes por la ciencia. La empresa presidida por nuestro paisano Ignacio Sánchez Galán, con el mayor porcentaje femenino entre los consejos del Ibex, por cierto, las ha convocado en Wikinger, el pionero parque eólico marino con tecnología española que la empresa ha construido en Alemania y que, en mi opinión, habría que incluir en las guías de viaje del país. Después de la Puerta de Brandemburgo, sin duda Wikinger, que tiene al frente, por cierto, a otra chica, Patricia Berlín.

A muchos les sorprenderá que estas mujeres no hablen de igualdad (“porque no somos iguales”), ni siquiera de paridad (comparación, igualdad y valor de una moneda respecto a otra, según las tres acepciones de la RAE). El término que proponen es “equilibrio”. “¿Por qué en lugar de hablar de científicos o de científicas no decimos hacer ciencia?”, sugiere Lorena Fernández, ingeniera y directora de Identidad Digital de la Universidad de Deusto. “Si pides a un niño que dibuje un científico, pinta un hombre loco. El estereotipo es un hombre asilado e incomprendido, lo que a una edad en la que la prioridad es tener amigos, encajar en un grupo, resulta especialmente destructivo”, advierte, recomendando explicar mejor las aplicaciones de la ciencia. “Si cuentas que con un dron se llevan medicamentos a un poblado africano donde los niños mueren, las niñas querrán desarrollarlo”.

Lara Lázaro, investigadora de cambio climático para el Real Instituto Elcano, prefiere no comentar en público su opinión sobre la idea de regalar el primer curso a las alumnas, pero no ve con malos ojos un posible sello de calidad para empresas sin brecha salarial, por ejemplo, y recomienda fomentar los intercambios internacionales, “que abren a otros entornos y mentalidades”, aunque el gran reto, dice, está en el tejado de los profesores y su tarea de desarrollar en los alumnos el pensamiento crítico.

Ana Freire, investigadora y docente en la Escuela de Ingeniería de la Universidad Pompeu Fabra, insiste en la necesidad de “referentes”. “Hay un estereotipo cultural que asocia la carrera científica a los hombres y que puede romperse llevando científicas a los colegios, mujeres que los alumnos puedan ver y escuchar y que les transmitan la pasión por la ciencia”, dice, y señala que la industria audiovisual y editorial debería implicarse en ese esfuerzo.

Cristina Arias, del Institut National de Recherche Agronomique de París, asegura haber tenido “una infancia muy normal, mis padres no se planteaban si yo jugaba con muñecas o con cajas de herramientas, lo importante es recibir en casa la convicción de que tú vales para hacer lo que quieras”. “Mi madre me contaba vidas de científicos, pero no me fijaba en que eran hombres, sino en todas esas cosas maravillosas que yo también podía hacer”, dice Carlota Armillas, que con solo 23 años ha conseguido una de las 90 becas internacionales Gates Cambridge 2019, “me ha impulsado mucho un apoyo que consiste en animarte a hacer algo que te ilusiona y que a la vez te transmite que si lo intentas y no te sale bien, no va a pasar nada”.