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Había mucha expectación este domingo en la biblioteca Torrente Ballester. Los chicos de la prensa querían saber qué iba a responder José Luis Mateos a la petición de dimisión que le había exigido el día anterior Javier Iglesias. No era para menos. El PSOE local llevaba años haciendo ruido para desprestigiar al actual presidente de la Diputación y hasta hace unos meses mandamás del Partido Popular de Salamanca por el ‘no-caso’ de las Primarias. Y ahora, el juzgado ha sentenciado que no había delito de ningún tipo. Y lo que es más grave, que quien denunció actuó de mala fe. Así se las gastan.

Pero Mateos no quiso atender a la prensa. Prefirió soltar un mitin ante un auditorio entregado de palmeros. Y encima se presentó arropado por la “ministra buena” Margarita Robles, la que mejor cae al ala moderada del PSOE e incluso a los partidarios del centro-derecha. La titular de Defensa habló de humildad, de principios, de valores, de aprender de los errores. Evidentemente, no se refería a su correligionario. El moderado discurso de la leonesa iba dirigido a la “arrogancia” y la “soberbia” del presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, que ha vivido una semana para el olvido. Su impresentable peineta a una procuradora socialista en el hemiciclo, su desafortunada explicación de este gesto que le acompañará de por vida y los piropos que le lanzó Santiago Abascal el sábado en Valladolid constituyen tres duros golpes de los que cuesta reponerse.

Como decía, el candidato del PSOE a la Alcaldía de Salamanca eligió esconderse tras el estrado. Y, sin rubor alguno, descartó pedir perdón por su inquisitoria campaña en la que, como le había dicho Iglesias la víspera, ha hecho “un uso torticero y desesperado del Derecho”. Su “arrogancia” y su “soberbia” le llevó a proclamar ante sus incondicionales que no iba a disculparse “por ser decente”. Y se quedó tan pancho.

En esta sociedad en la que vivimos ya no se estila excusarse, aunque en conciencia sepas fehacientemente que te has equivocado. No lo hizo Mañueco cuando pudo. Prefirió decir a los periodistas que se fijaran bien y se darían cuenta de que se trataba de un gesto absolutamente involuntario. Y tampoco lo ha hecho Mateos cuando ha tenido oportunidad sino que ha preferido salir por la tangente con una actitud chulesca e impropia de un candidato a regir una ciudad como Salamanca. Ambos demuestran transitar por un mundo de constante huida hacia adelante, sin poso alguno. Ambos confían en la frágil memoria del electorado. Ambos tienen puesta toda su fe en que el próximo escándalo contrario tapará al anterior propio. Es su forma de caminar por la política.

Después, cuando sea necesario pedir el voto, se les llenará la boca de promesas. Mañueco no las hace en estos momentos porque es de los pocos que no está en campaña. Prioriza seguir siendo “un ejemplo para el PP”, como le regaló la oreja Abascal, y mantener su pacto de gobierno con Vox en la región a pesar de los pesares. A Mateos no le queda otra si quiere ocupar el sillón presidencial del Ayuntamiento. Por eso, anunció en su alocución dominical que si le hacemos alcalde duplicará la ayuda para la compra de los libros de texto, que concederá licencias de obra y apertura de negocios en apenas tres meses, que multiplicará por cuatro las viviendas de promoción pública o que formará una Mesa de Futuro para poner en marcha políticas que retengan talento en la ciudad. Casi nada.

El problema es que tendremos que aguantar su forma de hacer política otros añitos. Mucho me parece.

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