18 septiembre 2019
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Mogarraz: Miradas que (nos) miran

11 ago 2019 / 03:00 H.
Román Álvarez
Churras y merinas

Muchos son los pueblos de la Sierra de Francia que se caracterizan por sus construcciones de tramonera y piedra, con esgrafiados, entablados, revocos y curiosas ornamentaciones murales. Muchos son los lugares casi idílicos que se prestan al ensueño y al encanto, con sus calles quebradas, angostas, con sus pasadizos, voladizos y cubiertas que se hermanan en las alturas. Muchos son, en definitiva, los sitios a los que el viajero vuelve una y otra vez, seducido por la belleza del entorno, por el hechizo de sus casas, por la hospitalidad de sus gentes. Cualquier estación del año es buena para viajar por ellos, para perderse en sus callejuelas, para volver a un pasado que pervive en el presente.

Mogarraz es uno de mis enclaves favoritos en esa región casi mítica de la Sierra de Francia salmantina. En su nombre asoman reminiscencias árabes, como certeramente señalaba el maestro de filólogos don Antonio Llorente. Con su conjunto histórico y monumental digno de admiración, es un pueblo de casas que miran, como alguien lo definió; un pueblo de costumbres y tradiciones vigorosas, de gentes sencillas y hospitalarias, de inequívocas señas de identidad, como es el caso de las artesanías y bordados, todo un patrimonio cultural que nunca ha dejado de cultivarse; de arte y naturaleza engarzados en rica simbiosis en el Camino del Agua. Bosques de robles y castaños. Cerezos en flor y naturaleza viva en el entorno.

Cabe decir, como mínimo, que es una villa tan peculiar como interesante. La aparición, en plena calle, de los rostros resucitados por Florencio Maíllo tornan el espacio público en otro invadido por el lugar más privado que tiene el ser humano: su rostro. Cada rostro refleja el proceso, a un tiempo doloroso y fecundo, que inicia cada pueblo cuando se propone saber quién es realmente. La obra de Maíllo presenta ausencias que nos miran, rostros presentes que lo están precisamente por su ausencia; soledades concurridas que, como en el poema de Mario Benedetti, “Rostro de vos”, están pobladas por todas aquellas historias que quedan marcadas para siempre en cada arruga del rostro del ser humano, en cada surco, que no es más que la ratificación de que se ha vivido, la afirmación del trazo que deja cada experiencia, cada punzada en el alma, cada época, cada promesa, cada tacto, cada caricia, cada temblor, cada abrazo, cada ausencia.

En mis deambulares por Mogarraz me vienen a la memoria evocaciones y reflexiones, dudas y certidumbres. Pero también acuden a mi mente las inquietudes y abatimientos de quienes nos resistimos a perder para los pueblos un pasado que no debe convertirse en remedo de parque temático con el único propósito de satisfacer a turistas domingueros que transitan por sus calles en actitud de ver, pero no de mirar.